lunes, abril 12, 2010

Poesía y mujer suralidiana (Parte I)

Carolina Ortúzar. Muestra en Hotel Cabañas del Lago, Puerto Varas, 2010.

 
Claudia Arellano Hermosilla
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En el trabajo literario desarrollado por las poetas de generación reciente se advierte el interés por desarticular la imagen de mujer convencional mediante la exposición o denuncia de la multiplicidad del significante mujer, desacralizando la condición de mujer subalterna construida y percibida a partir de los patrones y criterios del androcentrismo occidental.
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En el territorio de la Suralidad la poesía desarrollada por mujeres ocupa un rol fundamental. Sin embargo, ésta continúa siendo silenciada a nivel nacional por la hegemonía crítica masculina, ya que desde los esquemas de clasificación, los protocolos de canonización y los procedimientos de publicación y difusión, se continúa relegando a un lugar secundario a la producción literaria realizada por mujeres. Como advierte Delia Domínguez (2008) “las mujeres no han tenido el reconocimiento que merecen. El Premio Nacional de Literatura tiene más de sesenta años y se le ha dado sólo a tres mujeres. Con la vergüenza de que a la Mistral se lo dieron cinco años después que el Nobel”.


Según sostiene Gayatri Ch. Spivak (2003) –filósofa, feminista y pionera en estudios postcoloniales- la aparición de la “mujer del tercer mundo” en la crítica y en la historia reproduce el proceso colonizador y paternalista, porque las mujeres están construidas y percibidas a partir de los patrones y criterios del feminismo occidental. Lo que plantea la autora es que a la mujer subalterna no se le asigna una posición de enunciado ni enunciación, es decir, no son reconocidas como sujetos/sujetas legítimas de producción textual. Al respecto la poeta Antonia Torres (2008) comenta: “si no fuera por todas aquellas “feministas” que han luchado desde hace siglos por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, tal vez hoy yo no podría haber ido a la universidad o haber escrito poesía”.


Los discursos de las mujeres poetas de la Suralidad reflejan un modo particular de reconstrucción de sus subjetividades -que está en constante reelaboración- trabajando en la autorepresentación como sujetos sociales de ellas mismas, por una parte y, por otra, de la realidad que les ha tocado vivenciar directamente o a través de la experiencia heredada y transmitida por sus congéneres mayores.


En el trabajo literario desarrollado por las poetas de generación reciente, como Roxana Miranda Rupailaf y la mencionada Antonia Torres, se advierte el interés por desarticular la imagen de mujer convencional mediante la exposición o denuncia de la multiplicidad del significante mujer, desacralizando la condición de mujer subalterna. Por ejemplo, en la poesía de Roxana Miranda (2008) se plantea la existencia de un sujeto femenino que se enuncia y que sostiene su enunciación, evidenciando la posibilidad que tiene el sujeto de elegir entre distintas formas de identificación con un objetivo político: darle vuelta a la semiótica “natural” en la visibilización del cuerpo, del erotismo, de la ambigüedad sexual -característica de esta generación- que indica una subversión del deseo como mandato construido desde el androcentrismo. Haciendo alusión al mito huilliche del “Abuelito Huenteyao” de San Juan de la Costa, provincia de Osorno, esta autora señala que “…el chumpal se transforma en un ser que no es ni hombre ni mujer, es ambiguo de por sí”, retomando el sentido original de la cosmogonía mapuche en la que la divinidad está constituida por la integración masculino/femenino.


Estos relatos dan cuenta de que el ser mujer dejó atrás los referentes absolutos de identidades homogéneas. Los discursos de las poetas esbozan que las mujeres impulsan nuevas formas de subjetividad, que son capaces de intervenir en el “poder” del pensamiento binario (oposición masculino/femenino) y de esta forma configurar nuevas identidades relacionales y situacionales. Aparece con fuerza la apelación a las categorías de la emoción, lo mágico-religioso y la espontaneidad en la creación del objeto estético, que se conjuga con la valoración de la tradición cultural de la Suralidad, espacio donde les ha tocado generar y comunicar su arte. Los modos en que las artistas articulan su vida con el arte no es ajeno a este devenir, como nos lo recuerda Antonia Torres: “en mi propia obra asumo naturalmente la enorme influencia que tienen, a un mismo tiempo, la coyuntura y la tradición. No tendría tema ni lenguaje sobre y con los cuales escribir, sin ellas”.


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Referencias.


Entrevista a Delia Domínguez realizada en 2008 para Suralidad.
Entrevista a Antonia Torres realizada en 2008 para Suralidad.
Entrevista a Roxana Miranda Rupailaf realizada en 2008 para Suralidad.
Miranda Rupailaf, Roxana (2003) Las tentaciones de Eva. Puerto Montt, Ed. Secremineduc.
---------------------------------- (2009) La seducción de los venenos.
Spivak, Gayatri. (2003) ¿Puede hablar el subalterno? Revista Colombiana de Antropología, Vol. 39.
Torres, Antonia (2000) Las estaciones aéreas. Valdivia, Ed. Barba de Palo.
_____________ (2003) Orillas de tránsito. Puerto Montt, Ed. Secremineduc.


(c) Arellano Hermosilla, Claudia (2010) Poesía y mujer suralidiana. http://suralidad.blogspot.com
(c) Riedemann, C; Arellano, C. (2010) Antropología Poética del Sur de Chile. Puerto Varas, Suaralidad Ediciones.

viernes, marzo 26, 2010

Tradición y modernidad: la otra Frontera

                                                                                                             Patricia Ubilla Vaca callejera (2010)

Clemente Riedemann / Claudia Arellano
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Las relaciones entre tradición y modernidad, contrastantes o confluyentes, hacen lo principal del carácter de la poesía escrita en el sur de Chile. En esta “otra Frontera” (mental, no sólo territorial) se mueve la temática y el lenguaje de los autores y autoras que aquí sostienen decisivamente la actividad literaria en los tiempos actuales.
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La apropiación de la memoria ancestral, el vínculo con la naturaleza y las formas expresivas arcaicas se integran espontáneamente en el lenguaje moderno, complejizándolo y, obviamente, enriqueciéndolo con voces y acepciones que se yerguen en señales de identidad.

Si bien esta relación se presenta en el resto del país, en la poesía de la Suralidad adquiere especial vigor considerando la aún nutrida población rural (32%, la segunda más alta en Chile). Como se aprecia en la fotografía que acompaña esta nota, la relación entre el mundo rural y el urbano no sólo es un vínculo distante, memorioso, o de adyacencias. Las áreas de contacto son permanentes y dinámicas, generando el mayor interés para la poesía actual.

Observamos aquí a los poetas del sur haciéndose cargo de este dato de realidad y asumiéndolo con propiedad en sus textos, sin perjuicio de emplear los estilos y recursos expresivos propios de la literatura generada en los núcleos urbanos. Por ejemplo, un poeta que habita entre vacas y gallinas, como No Vásquez (1984; 1998) escribe: “Hay miles de corazones desconectados y las reparaciones son lentas”. Se trata de una retórica de síntesis, pero también multidimensional. Ya es eficiente en su referencia al colapso de los vínculos comunitarios y afectivos que trajo consigo la modernidad (el denominado desanclaje por Anthony Giddens), pero también puede interpretarse como una critica al centralismo, al olvido de la metrópolis por las zonas adyacentes.

O bien: “No manufacturamos, somos materia prima”, que además de delatar la situación de la persona humana como mero recurso productivo, bien puede referirse al colonialismo interno que hace uso y abuso de la periferia, donde la región es vista como un lugar a explotar, una simple base de datos, un vertedero para los desechos de la urbanidad, un frente olvidado por la globalización. El espacio rural concebido como lugar de la producción y explotación, sin redistribución, es decir, sin retorno de capital.

Cierto es que aquí aún persisten los sentimientos de apego e identificación con los lugares, pero también se asume que éstos han sido desvinculados, que ya no expresan del todo prácticas y compromisos establecidos localmente, sino que están grabados con influencias mucho más lejanas que, como parece razonable de observar en un contexto dinámico, algunos autores rechazan, otros filtran y otros idolatran. Pues bien, la asunción crítica de las influencias cercanas o lejanas parece marcar el timming en los registros de esta “otra Frontera”.

Los valores estéticos de tal mestura, devenida en gesto de congruencia existencial, son todavía invalorados por el establecimiento literario nacional que restringe sus visiones de país a los parámetros impuestos por la urbanidad metropolitana, considerada hasta ahora como único modelo válido de referencia.
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Referencias:
Vásquez, No (1984; 1998) L&VERTAD (Puerto Montt, Hojas huachas, autoedición); AMURICA (Puerto Montt, Hojas huachas, autoedición)

Para citar éste artículo mencionar alguna de las siguientes fuentes:
http://suralidad.blogspot.com/
© SURALIDAD, Antropología poética del Sur de Chile, 2010.
© Riedemann, Clemente; Arellano, Claudia (2010) Suralidad, Antropología Poética del Sur de Chile. Puerto Varas, Suralidad Ediciones.

Alto Palena, de Bernardita Hurtado Low

La insigne escritora y memorialista de Palena, Bernardita Hurtado Low, acaba de publicar un nuevo libro en el que reúne material fotográfico disperso sobre el proceso de colonización de esas tierras australes. El volumen, editado con el cuidado y estética que caracteriza a Ediciones Kultrún, incrementa el registro de la cultura patrimonial del sur de Chile. Reproducimos para nuestros lectores la nota de contraportada escrita por el editor Ricardo Mendoza Rademacher.
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CRÓNICA DE ALTO PALENA
En 1537, apenas 46 años después de la llegada de Colón, se publica la primera crónica americana: Historia General y Natural de las Indias, de Gonzalo Fernández de Oviedo, que entra sobre todas las cosas de América para inaugurar la escritura, en castellano, de nuestra memoria. Figura también su copiosa dimensión visual en profundas ilustraciones xilográficas. Cuatro siglos más tarde, en las primeras décadas del siglo XX, hombres y mujeres avanzan entre los montes de los Andes patagónicos, para fundar Alto Palena entre los valles intracordilleranos. De algún modo, circulan tempranas cámaras fotográficas que registran, guiadas por ojos anónimos, la asombrosa aventura de poblar un territorio: los rostros de sus protagonistas: hombres, mujeres, niños, animales y la materia vegetal y geológica que compone su escenario natural. Pasará no medio siglo, sino uno entero, antes de que esas imágenes se recojan en esta crónica visual, incompleta pero también inaugural, hecha de retazos y de sombras y luces no siempre precisas; de borrones o expansiones de sepia o amarillo, cruzadas de rayas o manchadas, desgarradas o demediadas. La fotografía suele ser como la propia memoria que convoca: imágenes desparramadas de un cuerpo cuya esquiva figura nunca recuperaremos del todo. Reflejos incompletos que, tal vez por eso mismo, estimamos como fieles testigos de lo que hemos perdido o de lo que hemos sido u obrado. En sus imprecisiones, en su parcialidad; en sus desgarros y tachaduras; y especialmente en la hospitalidad de sus vacíos, nos incita a entrar en nuestra crónica interior, donde puede estar todo aquello que nos permitirá completar esa figura que está hecha también de dolores y ternuras, de muertes y maravillas. _________________________________________________________________________________
Referencia:
Hurtado Low, Bernardita (2010) Alto Palena. Valdivia, Ediciones Kultrún.
Esta nota:
(c) SURALIDAD, Antropología poética del Sur de Chile, 2010.

domingo, febrero 21, 2010

Poesía y raiz étnica

Roxana Miranda (Fotografía de Fabiola Narváez, 2008. Propiedad de Suralidad Ediciones)
Clemente Riedemann / Claudia Arellano
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Con un castellano mesturado por voces mapuches y el empleo de la peculiar sintaxis derivada de este híbrido, la poesía de raíz indígena ha renovado el tratamiento del tema étnico, aportando otras visiones para interpretar el devenir de la sociedad nacional y convirtiéndolo en una marca de los imaginarios y sus lenguajes.
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Junto con la resignificación del territorio como estrategia para enfrentar el asedio de las comunicaciones mundializadas, un segundo elemento articulador del lenguaje poético empleado por los autores y autoras vinculados a la Suralidad es la mezcla de rasgos y características provenientes de orígenes étnicos y culturales.
El profesor Iván Carrasco (2000) denomina “poesía etnocultural” a esta forma de escritura poética y señala que “ésta ha explicitado la problemática del contacto interétnico e intercultural mediante el tratamiento de los temas de la discriminación, el etnocidio, la aculturación forzada, la injusticia social, educacional y religiosa, la desigualdad socioétnica, poniendo en crisis las perspectivas etnocentristas predominantes hasta ahora”. Agrega que “al poetizar los problemas de la identidad, la historia y la existencia de minorías étnicas y regionales, vigentes como la mapuche y la de Chiloé, o en extinción o destruidas como la selknam, yámana o kawashkar… los escritores etnoculturales han estimulado la toma de conciencia de esta situación por parte de los grupos étnicos implicados y de la sociedad global.”
Se trataría de una poesía que expande los cánones de la generación anterior vinculada a la denominada “poesía lárica” instalada con Jorge Teillier, posicionándose en un estatus posmodernista al reconocer en su lenguaje la coexistencia de tradición y modernidad en lugar de apostar por la valoración del imaginario tradicional en exclusiva, actitud progresista que también marca el lenguaje de los poetas de origen mapuche/huilliche de generaciones recientes, como Juan Paulo Huirimilla (2007) y Roxana Miranda Rupailaf (2003), por ejemplo.
En estos autore(a)s, si bien el retorno “memorioso” a las comunidades rurales de origen está presente en el imaginario de sus textualidades, es en el espacio urbano y en la inscripción en el contexto general de la literatura (y también el cine, la radio y la televisión) donde se verifican los asuntos predominantes de sus poéticas.
Por otra parte, en el último cuarto de siglo surgió un grupo de poetas, hombres y mujeres de raíz mapuche/huilliche que, asumiendo ellos mismos la promoción de su lengua y su cultura, vino a agregar diferencia temática y lingüística no sólo a la poesía escrita en el sur, sino que presentándose como novedad en el circuito nacional de las comunicaciones literarias. A partir de la obra de pioneros como Lorenzo Aillapán, Elicura Chihuailaf, Sonia Caicheo y Ramón Quichiyao, se agregan en el tiempo César Millahueique, Leonel Lienlaf, Faumelisa Manquepillán, Jaime Huenún y Bernardo Colipán, para cerrar el grupo con las generaciones más recientes, entre los que podemos mencionar a los ya citados Huirimilla y Miranda Rupailaf, como miembros de una generación que crece y se expande merced a su propia iniciativa comunicacional.
Con un castellano mesturado por voces mapuches y el empleo de la peculiar sintaxis derivada de este híbrido, la poesía de raíz indígena ha renovado el tratamiento del tema étnico, aportando otras visiones para interpretar el devenir de la sociedad nacional y convirtiéndolo en una marca de los imaginarios y sus lenguajes.
Es indispensable dejar establecido que la poesía de raíz étnica no agota su presencia con los escritores de origen indígena, sino que es preocupación generalizada entre los autores, en tanto realidad sociocultural insoslayable. Presente está también la aportación cultural de los grupos migratorios europeos llegados al sur de Chile a partir del siglo 19, principalmente descendientes de alemanes, además de holandeses, franceses, italianos y suizos, los que –a partir de Jorge Teillier- han dejado su impronta en la obra de varios autores vinculados a la suralidad, como Guido Eytel; Clemente Riedemann; Marlene Bohle ; Andrés Anwandter; Harry Vollmer y Gloria Dunkel. En el caso de este grupo de autores no existe el interés particular por exaltar de un modo privilegiado sus origenes étnicos, sino que, en tanto miembros de la sociedad “blanca” dominante, se han integrado formando parte de un estatus marcado por el cosmopolitismo y las tendencias estéticas patrocinadas por las academias anglosajona y europea.
La evolución de los procesos culturales de la posmodernidad que avanzan en favor de las mixturas (el mundo indígena instalándose en la institucionalidad blanca, el mundo occidental abriéndose a la comprensión de la cosmovisión indígena) pronostica a futuro el encuentro de ambas vertientes, en la perspectiva de alimentar una óptica latinoamericana propiamente tal, como escritura del mestizaje, del sincretismo y de la hibridación.
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Referencias. Carrasco, Iván (2000). Poetas mapuches en la literatura chilena. Valdivia, Universidad Austral, Estudios Filológicos N°35. Huirimilla, Juan Paulo (2007) Palimpsesto. Santiago, Ed. Cuarto Propio.
Miranda Rupailaf, Roxana (2003) Las tentaciones de Eva. Puerto Montt, Secreduc.
Esta edición:
(c) Clemente Riedemann y Claudia Arellano, 2010.
(c) SURALIDAD Antropología poética del sur de Chile.

martes, enero 19, 2010

Poesía y territorio

Fotografía : AFP
Clemente Riedemann / Claudia Arellano
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Entre los autores y autoras que escriben poesía desde el sur de Chile, el espacio, en sus dimensiones físicas y simbólicas, constituye un elemento de alta gravitación en la configuración de los imaginarios y las maneras de expresarlos en los textos. ____________________________________________________________________
Un primer elemento portador de identidad lingüística entre los autores y autoras que escriben desde o sobre el sur de Chile es precisamente el territorio, tema insoslayable incluso en aquellos poetas marcados por su desapego al paisaje “de ventana”, como Jorge Torres o Yanko González. De uno u otro modo, el entorno ecológico filtra los textos y las opiniones deslizando atmósferas características de la suralidad como tamiz de fondo. En obras como las de Mario Contreras, Jaime Huenún, Sergio Mansilla o Antonia Torres, el paisaje, sea rural, urbano o mixto, constituye el soporte semiótico de la expresión, su sustantividad decisiva, de modo que “el territorio” implica aquí el ecúmene, la ciudad y las áreas transitivas entre estas dimensiones.
Según Marc Augé (2001) el territorio sería uno de los medios constituyentes de la identidad, puesto que “el espacio es uno de los signos más visibles, más establecidos y más reconocidos del orden social”. Este autor plantea que el territorio es parte crucial de la identidad de una comunidad y donde ésta se reconoce: “el dispositivo espacial es a la vez lo que expresa la identidad del grupo (los orígenes del grupo son a menudo diversos, pero es la identidad del lugar la que lo funda, lo reúne y lo une) y es lo que el grupo debe defender contra las amenazas externas e internas para que el lenguaje de la identidad conserve su sentido”.
Esta idea se materializa cabalmente en la literatura producida en el sur, para la que el territorio y sus características es en si mismo un componente de la identidad en vista de la estrecha relación que existe entre los quehaceres humanos y el medio natural o los modos en que los elementos determinan la movilidad y el imaginario de los habitantes. Especial importancia adquiere el territorio en tanto depositario de la memoria de la comunidad, donde lo anterior –hechos, personas, estados- se niega a desaparecer y se entremezcla con las circunstancias presentes, como los muertos que se reúnen para conversar en el poema En el cementerio de San Juan, de Jaime Huenún (1999); o los que vagabundean solitarios por los campos en Ánimas errantes, de Sergio Mansilla (1986).
Así entonces, el territorio como contenedor y generador de sentidos nos provee de dispositivos para entender cómo un grupo se representa así mismo en el espacio habitado. De modo que la suralidad -como espacio físico, material, conceptual y de ejercicio de prácticas- es el lugar donde se definen los procesos de formación de identidad y de sentidos de pertenencia, en cuanto es habitado por un grupo social que comparte un espacio/tiempo.
Todo lo anterior no significa, sin embargo, que la poesía escrita en el sur, en su conjunto, pueda ser signada como “territorialista” o “lárica”. Significa tan sólo que el espacio, en sus dimensiones físicas y simbólicas, constituye un elemento de alta gravitación en la configuración de los imaginarios y las maneras de expresarlos en los textos, tal como se observa en este fragmento del poema Los Viajes, de Jorge Torres (1975):
“Atrás sólo el polvo nos vamos mi hija y yo reventando guijarros… …deslizándonos por esta ciudad de utilería en búsqueda de pretéritos fantasmas mi hija y yo a horcajadas en esta bicicleta sin ruedas ni pedales.”
Donde el polvo (dejado atrás) y los guijarros (reventados) aluden a una naturaleza ya superada; “ciudad de utilería”, “bicicleta”, “ruedas”, “pedales” establecen la urbanidad (falsa, imaginaria o replicada a escala menor); y “pretéritos fantasmas” traen a colación la dimensión simbólica contenida en la memoria (perdida). ___________________________________________________________________
Referencias :
Auge, Marc (2001) Ficciones de fin de siglo. Barcelona. Gedisa.
Huenún, Jaime (1999) Ceremonias. Santiago. Ed. Universidad de Santiago.
Mansilla, Sergio (1986) Noche de agua. Santiago. Ed. Rumbos.
Torres, Jorge (1975) Recurso de amparo. Valdivia, Autoedición.
© Clemente Riedemann y Claudia Arellano, 2010.
© SURALIDAD Antropología poética del sur de Chile.

jueves, noviembre 26, 2009

El temor a los símbolos

Fotografía del álbum "Pongo en tus manos abiertas", de Victor Jara.
Clemente Riedemann
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El proceso para esclarecer las circunstancias en que Victor Jara fue asesinado semeja una historia escrita por Homero o a la de un delirante escritor surrealista, un Raymod Quenau, por ejemplo. La descripción técnica de las pericias legales a las que se sometieron los restos del querido cantautor superan la fantasía. Lo cierto es que al final Victor Jara hubo de demostrar él mismo, con sus huesos, que no se suicidó, ni murió en un accidente de tránsito.
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El informe final del Servicio Médico Legal que confirma que “el cantautor Víctor Jara murió debido a múltiples impactos de proyectiles en el cráneo, tórax, abdomen y extremidades” también logró establecer que “sufrió torturas y golpes, que le produjeron lesiones, especialmente en el rostro y en el tronco”. Esta descripción, fría y técnica, aplicada al crimen de una persona dedicada al arte obliga a reflexionar no sólo sobre la imbecilidad del ser humano, sino también sobre el miedo que los imbéciles le tienen a los símbolos.
Existen muchas formas de clasificar a los símbolos; pueden ser simples o complicados, obvios u oscuros, eficaces o inútiles. Su valor se puede determinar según hasta donde penetran la mente pública en términos de reconocimiento y memoria. Esta última es una de las razones que permite concebir como explicación, el horrible crimen de Jara: no le mataron a él, lo que quisieron fue eliminar un símbolo.
¿Y a qué le temían sus asesinos? A versos como éstos: “Levántate y mírate las manos/ para crecer estréchala a tu hermano / juntos iremos unidos en la sangre /hoy es el tiempo que puede ser mañana” o a éstos “En tus telares, Angelita, hay tiempo, lágrima y sudor/ están las manos ignoradas/ de este mi pueblo creador” o éstos “Ahí donde llega todo /y donde todo comienza / canto que ha sido valiente / siempre será canción nueva.”
La noticia señala: “En junio pasado, a casi 36 años de su muerte, el cuerpo de Jara fue exhumado desde el Cementerio General por instrucción del ministro Juan Fuentes, con el fin de aclarar las circunstancias del crimen. En esa oportunidad, los restos del cantautor fueron llevados hasta el SML, donde los especialistas realizaron las pericias solicitadas por el magistrado, orientadas en determinar la causa y data de muerte y una eventual intervención de terceros.”
¡Cuánta cuesta aclarar un crimen en Chile! ¡36 años! Casi la misma cantidad de años que Victor Jara estuvo en este mundo, dirigiendo obras de teatro referidas al sentimiento de chilenidad y creando canciones de entre las más bellas que jamás podremos cantar, como “El cigarrito” , “La Plegaria de un labrador”, “Manifiesto”, “Cuando voy al trabajo” o “Te recuerdo Amanda” (escrita como tributo a sus padres).
Ojalá exterminaran de ese modo a los que trafican con nuestras conciencias, nuestra salud o nuestros bolsillos. Pero ellos no son símbolos de nada, son la realidad ordinaria. Son los que trabajan para que el mundo siga a merced del interés bursátil, la discriminación y la inequidad.
Las pericias técnicas ordenadas por la autoridad judicial incluyeron el envío de muestras óseas del cantautor al laboratorio de Innsbruck, en Austria, para su proceso de identificación. Tras el procesamiento, se señaló como autor material del homicidio al ex conscripto José Paredes, quien luego obtuvo la libertad bajo fianza. ¡Un súper exterminator! El, solito, disparó “múltiples proyectiles en el cráneo, tórax, abdomen y extremidades” de Victor Jara. Además, antes tuvo tiempo de aplicarle “torturas y golpes, que le produjeron lesiones, especialmente en el rostro y en el tronco”.
Imaginamos ahora los huesos de Victor Jara saliendo de su sepulcro. Los vemos sobre una mesa en el SML. También vemos como los envuelven y los envían a Europa para su análisis…¡Innsbruck! De tan lejos que tenga que venir la verdad..¡Qué pobre somos! ¡No nos merecemos ni una sola canción de las que Victor inventó para nosotros! El mismo, con sus propios restos, hubo de luchar para encontrar justicia, mientras el país decide si apuesta por los negociados o por la fomedad.
Así es también Chile. Clasificamos al Mundial, pero tenemos una historia negra de la que no sabemos hacernos cargo. Porque si por inventar unas cuantas canciones hermosas merecemos la muerte y por asesinar a quien las inventa merecemos la libertad bajo fianza, significa que somos una comunidad que nunca estaremos en el mundial de la racionalidad, ni siquiera en el mundial del sentido común. Y mucho menos en el de la justicia, sea de la religión que sea.
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(c) Clemente Riedemann
(c) SURALIDAD, 2009