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sábado, marzo 19, 2011

El imaginario poliforme de la Suralidad




Clemente Riedemann
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Ecología, diferenciación y surrealidad, constituyen dimensiones interpretativas de ese contexto cultural que sirve de soporte al imaginario de la poesía que se escribe en el sur. Las distintas maneras en que lo(a)s autore(a)s se vinculan con ellas, marcan, a su vez, sus distintas visiones y sus estilísticas.
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         La dimensión ecológica surge del encuentro de los cuatro elementos de la naturaleza, en el variado entorno geológico y orográfico que sirve de soporte territorial, marcado por la presencia dominante del agua (mar, ríos, lagos, canales, estuarios, lagunas, esteros, pozones, napas termales, alta pluviosidad); seguida por la tierra, cubierta por bosques (costeros, de valle. de montaña, con flora y fauna variada) o extensas praderas en el valle central; además de serranías, quebradas, acantilados y lomajes; continúa con el aire (cielos diurnos y nocturnos, variedad de vientos y fenómenos meteorológicos) donde las estrellas y las nubes constituyen elementos de referencia frecuentes; y, finalmente, el fuego, vinculado con la montaña andina (volcanes) y el hogar, especialmente la cocina y los fogones. Los elementos culturales o metafóricos articuladores de este universo espacial referido a la naturaleza, son el camino rural, de tierra o pedregoso, por donde se moviliza el sujeto poético al encuentro con el cosmos; y la casa, desde la cual el habitante contempla y controla la dinámica del universo: 

“En el cielo/ el sol mira para atrás/ porque tiene que llamar agua,/ y tú conoces las señales/ los sagrados olores de la tierra/ y empiezas a lustrar tus botas/ la escopeta del 16/ que el abuelo colgó en el comedor/ en ese otoño de su muerte.“ (Delia Domínguez, El sol mira para atrás).

         La dimensión intercultural o “relación en la diferencia”, se articula como derivación del cruce étnico e histórico (entre los nativos indígenas con inmigrantes europeos y chilenos); también, por el contacto recurrente entre la población rural y la urbana; además, por las relaciones de género; aspectos a los que se agregan las relaciones con grupos lejanos, a través de la tecnologías de la información. Por su parte, los propios autores se relacionan desde sus particulares estilísticas, constituyendo una “comunidad discursiva” plural, poliforme, a veces contradictoria, aunque no excluyente. El espacio de encuentro y símbolo de la diferenciación, es la ciudad, especialmente la calle, por donde el sujeto poético va haciendo la reflexión de su existencia, cargado de “memorias y anhelos”; y describiendo su estado actual en el mundo:  

“Esa calle pequeñita está llena de olores./ Está cerca del mercado, a un paso del río;/ aquí estuve una vez, escribíamos versos en las / paredes,/ todavía existe este local, está cambiado/ pero existe./ Sitios habituales de la ternura,/ no hay sitios eriazos en esta ciudad,/ todo huele, palpita, todo ha sido habitado o lo será/ por los únicos seres imaginables.” (Omar Lara, Los centros de la tierra).

         Una tercera dimensión, de génesis surrealista, surge a raíz de la inserción de las nuevas tecnologías en los espacios tradicionales o por la irrupción de usos, costumbres y artefactos antiguos en los ambientes de la modernidad. Este encuentro azaroso de temporalidades históricas divergentes, se presenta lo mismo por el ingreso de la población rural en las ciudades, que por la expansión residencial de habitantes con tradición urbana, especialmente de los grupos de mayores ingresos, hacia los espacios rurales aledaños. Así, mientras los campesinos abandonan sus tierras y avanzan en la ocupación de las ciudades en busca de mejores oportunidades y servicios, las clases dirigentes abandonan éstas paulatinamente, para ir a residir en las periferias urbanas o en las áreas rurales, en procura de segurizar sus bienes y mejorar su calidad de vida. Esta dinámica de recambio residencial deviene en un lenguaje mixturado, posmoderno:  

“Soy el escudero de la aldea/ Véanme entrar a casa/ Ni un mendrugo de pan en la mesa/ El terno planchado a rayas/ Sin arrugas la camisa/ Un poco de sangre en el pecho/ Y esta espada vieja que al sacarla/ De su funda/ Brilla aún la luna en su filo…/ Por aquí callejeo con desta chala/ Y un abrigo negro” (Juan Paulo Huirimilla, Callejeo a la manera de Serguei Esenin).
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(c) Clemente  Riedemann  2011.
(c) SURALIDAD, Antropología Poética del Sur de Chile.

domingo, diciembre 14, 2008

LA GALLINA CASTELLANA Y OTROS HUEVOS / Delia Domínguez

Reseña de Clemente Riedemann
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La vida dio a Delia una ferocidad surgida de las tempranas pérdidas afectivas de la maternidad y el amor de pareja. Por eso, entre las copas de los manzanos, los frascos azules y la menta lagunera se instala un olor a pólvora, los rifles y las escopetas de la desgracia, que tornan el paisaje árido y salvaje. Nada de atardeceres a lo Village, sino una metafísica del rigor existencial, el refugio en el poder de la divinidad...
___________________________________________________ Se trata de una cuidada edición bilingüe castellano-alemán diseñada y pensada antológicamente para su difusión en Alemania, de allí la preeminencia de escritores y artistas europeos notables citados en el volumen: Rilke (triple cita); Mahler (doble cita); Goethe; Beethoven; Strauss; Brecht; entre los estrictamente teutones; Eliot; Sibelius; Hamsun; Joyce; Breton; en reprtesentación de la UE; y entre los locales universales Huidobro, Neruda y Coloane. Como quien dice, arte mayor: La edición bilingüe chileno-alemán también fue explorada por Jorge Torres con Poemas Renales (1999). Por otra parte, poetas como Antonia Torres y Roxana Miranda han realizado estudios de especialización en universidades alemanas, de modo que puede establecerse que existe un vínculo relacionado con la formación y la difusión literaria entre los autore(a)s chileno(a)s y la tierra de los inmigrantes que fundaron el sur moderno. Incluso es una relación que podría mejorar en número y calidad si en la región existiese una política cultural a nivel gubernamental al respecto. Lo que se ha obrado en este sentido ha sido sólo en virtud de la iniciativa individual de algunos autores y autoras;

Este libro de Delia Domínguez es una grata contribución al respecto. Lleva un prólogo de Pablo Neruda escrito en 1973 (“…por formación ecológica, la poesía de Delia Domínguez, osornina de los bosques de Osorno, es atrevida y descalza; sabe caminar sin miedo entre espinas y guijarros, vadear torrentes, enlazar animales, unirse al coro de las aves australes sin someterse al tremendo poderío natural…”) señala el Premio Nóbel en la página 12. Y un posfacio de Ana María Cuneo (“…Delia Domínguez está marcada por el mestizaje…de allí que su poesía sea ética y telúrica, poesía que es voz de nuestra tierra; las personas comunes y corrientes con que ella se contacta en su amor humano.” pg..95);
El tema identitario está nítido en el poema Papel de antecedentes: “Yo, católica…mestiza/ minimalista y campesina. / Yo, perrera y jineta del viento…de ombligo/ amarrado a la telúrica…madrecita tierna / de nunca acabar.” (pg.59). Y en el poema Caldo de cultivo, continuación del anterior : “Yo atorada de tanta mudez ensartada al pescuezo../ agarrada a mi fe de bautismo…./acorralada en mi geografía de fin de mundo…” (Pgs. 61 a 65);
La vida dio a Delia una ferocidad surgida de las tempranas pérdidas afectivas de la maternidad y el amor de pareja: “Por el amor, en fin, por el olvido / y lo que fue verdad en el entierro de los sueños, / por ti y por mi, temblando de esta maldita soledad…” (Pido que vuelva mi ángel, pg.47);
Por eso, entre las copas de los manzanos, los frascos azules y la menta lagunera se instala un olor a pólvora: los rifles y las escopetas de la desgracia que tornan el paisaje árido y salvaje, nada de atardeceres a lo Village, sino una metafísica del rigor existencial y del refugio en el poder de la divinidad;
Sureña, pero instalada entre los polos. Ëtnica, pero interétnica: huilliches y yaganes cruzan el pórtico de su casa poética, sin remilgos, con su inmensa humanidad. Desolada, la imagen de su cabeza amaneciendo sobre el pecho del amor, escuchando su latido, se repite como pastoral bajo el entramado bilingüe de esta muestra, breve como un relámpago de Delia iluminando la noche del mundo.
_______________________________________ Domínguez, Delia. (2002) La gallina castellana y otros huevos. Ediciones Tacamó. Santiago. Edición bilingüe español/alemán. 102 pgs;
© SURALIDAD EDICIONES, 2008; suralidad@gmail.com

sábado, noviembre 22, 2008

CEREMONIAS / Jaime Luis Huenún

Portada del libro Ceremonias de Jaime Luis Huenún
Reseña de Delia Domínguez
___________________________________________________ La poética de Jaime Luis Huenún es una revelación provocadora por el atrevimiento de sus fórmulas sintácticas, en un discurso donde contrapuntea el catecismo oral de su Butahuillimapu con los grandes temas del universo, pulseando, como el guerrero que es, la muerte y la vida, en un desarrollo lírico-circular que conduce a lo infinito.
_____________________________________________ Ceremonias es un libro testimonial en el sentido de atestiguar un estado de cosas presentes que no se comprende sino a partir de antecedentes históricos que se remontan a principios del siglo XX: el actual estado de miseria de quienes han sido desterrados –los huilliches o sus descendientes- de los lugares antiguos en los que vivían sus abuelos;
No quedan sino reducciones o campamentos urbanos desde donde se construye la memoria del amor y del dolor. Pero el libro no se limita al lamento por la pérdida de la identidad primigenia, lamento que, por otra parte, suele convertirse en instalación imaginaria en el pasado, como estrategia de rechazo radical a un aquí y ahora degradado. No insiste tampoco en la construcción voluntarista de un sujeto indígena marcado por el exotismo trágico del excluido o el exotismo turístico del no occidental;
La testimonialidad indígena-mestiza del libro descansa en el hecho de asumir una estrategia discursiva mapuche (nûtram) como base para la elaboración del universo lírico, contenido de múltiples referencias etnoculturales propias del mundo mapuche actual y por impulsos utópicos que vinculan esta escritura a la tradición de la poesía moderna occidental, en el sentido de que la palabra poética constituye siempre una manera de construir la significación auténtica de las cosas, de afirmar la belleza del existir en el escenario del mal y la muerte, de asegurar, simbólicamente, la continuidad de la sangre más allá de su derramamiento;
En este sentido, Ceremonias recuerda muy de cerca la poesía de César Vallejo; no sólo por el dolor sino, sobre todo, porque está la certeza que muerte y vida, odio y amor, no son en si mismos excluyentes: depende de cómo y porqué se viva o se muera, cómo o por qué se ame o se odie. Pero esto depende a su vez de una estrategia de textualización que supere el binarismo simple y maniqueo heredado de la tradición judeo-cristiana. Y es aquí donde Jaime Huenún ha encontrado las palabras exactas para hacer verdadero sentido de los rituales ceremoniosos del amor, la muerte y el regreso;
Por otra parte, hay un complejo entrelazamiento de voces que nos recuerdan a Pedro Páramo, de Juan Rulfo, más precisamente en la conversación de los vivos y los difuntos, como en el poema En el cementerio de San Juan: “Los parientes se vienen de lejanas hijuelas, / trayendo en sus morrales hogazas de buen pan. / Junto al muerto lo miran, lo comen y lo piensan / hasta cuando no queda más en que pensar.” (p.39);
He aquí que el libro Ceremonias deviene nûtram : conversación fascinante de los vivos y los difuntos que se vuelve interpelación a la conciencia histórica y moral del lector (mapuche y no mapuche) en el sentido de empujarnos a comprender al otro y, por oposición, a nosotros mismos, en la grandeza y miseria suyas y nuestras;
Se escribe, entonces, desde y con el dolor de saberse “reducido” por el poder marginador y degradante de la sociedad chilena blanca; pero también desde la conciencia de saberse poeta dialogante que comparte con los lectores la conversación mapuche, sus mitos, sus recetas medicinales y las historias de sus parientes vivos y muertos.
___________________________________________________ El presente texto es una selección extraída del Prólogo y la nota de contraportada, escritos por Delia Domínguez en el libro Ceremonias de Jaime Luis Huenún (Editorial Universidad de Santiago, 1999);
© SURALIDAD EDICIONES, 2008
suralidad@gmail.com

sábado, septiembre 27, 2008

Delia Domínguez: La Abuela de las Grandes Tierras del Sur

Fotografía de Delia Domínguez, por C. Domínguez. Entrevista de Claudia Arellano. _____________________________ La poeta Delia Domínguez es una de las autoras consultadas en la investigación Antropología Poética del Sur de Chile / en busca de la Suralidad. Postulada en más de una ocasión al Premio Nacional de Literatura y portadora del castellano característico de los campesinos del sur, la escritora ilumina este espacio con su pensamiento y su modo de comunicarlo. _____________________________________________________ Arriba del caballo Mis arraigos vienen desde los tiempos coloniales del sur... Hace como veinte años los poetas jóvenes me empezaron a decir abuela Butahuillimapu, que significa “abuela de las grandes tierras del sur”. Eso me emociona. Ellos son producto de la oralidad, fíjate, no de la academia. Graciela Huinao, por ejemplo, dice que su primer silabario fue el fogón de la ruca. Ya tengo 76 años, pero doy gracias a Dios por mantenerme con las ampolletas encendidas. Es que toda mi vida he estado en actividad…Siempre me gustó cabalgar, fui campeona de natación, aquí en Santiago…¡Nunca he sido una vieja sentá!. Mi primera niñera fue una yegua… Pancha, se llamaba… Era chiquitita, una pony, porque mi mamá murió cuando yo tenía 5 años. Siempre he sentido que yo no habría sido poeta si mi mamá no se muere. Porque yo no tenía con quien hablar y entonces le hablaba a ese caballo. Tuve una abuelastra alemana que me amarraba en la montura, en los pellejitos, para que yo no fregara. Y le pegaba a la yegua para que se moviera y yo pasaba todo el día arriba del caballo. Así que me crié con la gente del campo. Tomaba agua en la fuente de las perras. Me crié rascándome con mis uñas. Señales de una poesía mestiza Mi discurso de incorporación a la Academia de la Lengua como miembro en el año 91 se llamó “Señales de una poesía mestiza en el paralelo 40 sur”. Allí hablo de todo el tema que están ustedes trabajando. De la identidad, de los ancestros, del clima, del territorio, del paisaje humano y el divino, lo que es inexplicable…Incluso cito un poema de Huenún, para darle identidad, fíjate.Y hablo de todas estas influencias y de la cruza de sangre. Para mi lo esencial es conservar a prueba de fuego la identidad humana de quienes hemos nacido en el paralelo 40 sur. Las imágenes literarias o metáforas en la lírica propia nacen pegadas a la tira del ombligo, a la leche primeriza que me goteó los sueños y realidades desde el pezón de las abuelas, de las madres que fueron valientes para mantener en pie las ideas de libertad y valentía para crecer poeta en medio de una naturaleza desafiante y raspadora de huesos. El símbolo o imagen en mi escritura es, en primer lugar, el ser humano, la persona; y luego el entorno geográfico, el clima y las distancias. El sello de la Suralidad Siempre, desde que escribí La Uva, mi primer poema, a los siete años, mi lenguaje ha sido conversacional, auténtico y campesino, directo al hueso. Jamás he pretendido posar de culta o académica y de lucir como la pura intelectual que pregona sentencias rebuscadas para ciertos elegidos. La creación de las mujeres en las distintas expresiones del arte, tiene un sello marcador de origen, la suralidad, como ustedes le han puesto. Para mi, vieja en estos pasos líricos, es motivo de orgullo comprobar como, en la literatura y en la pintura, las nuevas generaciones nacen y crecen implantando un sello, una atmósfera que se palpa hasta en el olor de las tintas, o en el trazo definido del color y los pinceles. La identidad está asociada al ombligo, donde diste tu primer grito. Después la gracia está en que ese ombligo no deje de alimentarte de los ancestros que vienen desde los bisabuelos a los abuelos. Es un sello, un cuño que tenemos y que no lo entiendo referido sólo a local. Siento que la latitud sur pasa por Australia, por otros países del hemisferio. Es una cosa esencial… lo veo en los poetas argentinos del sur, por ejemplo. Hay una cierta Patagonia en común, con un lenguaje de alma y de cuerpo. Encuentro que es una buena marca. Un autor joven de Valdivia, de Osorno o de Puerto Montt, no tiene la misma expresión verbal de la capital, o del norte o de Talca. Hay una marca registrada que, para saber descubrirla, hay que saber de donde viene. Y yo creo saberlo, porque no en vano llevo más de setenta años caminando sobre la tierra y siempre rodeada de poesía, escrita o hablada... Más bien hablada que escrita, porque vengo de casas campesinas, no de casas llenas de bibliotecas. Entonces siento que las generaciones jóvenes son capaces de conservar con otro lenguaje un sello identitario absolutamente definido y eso me llena de orgullo como poeta chilena. Esa cosa lárica, que yo también la tengo, que es escribir de nosotros mismos, desde nosotros mismos, pero con una mirada generosa y amplia, no creyéndonos siempre el ombligo del mundo o el hoyo del queque. Yo sé que estos niños, como decimos en el sur, “estos chicos”, encontraron la hebra o la veta de la madera para seguir manteniéndola con la firmeza y la nobleza de los robles pellines que viven dos mil años, o tres mil años. Agrandar los horizontes La globalización encuentro que declara todo homogéneo, una cierta manera de hablar, de vestirse, de llorar o de alegrarse, porque inconscientemente los sudamericanos -y más los de finis terra- tratamos a través de la televisión o de todos los medios que hay ahora, de agrandarnos o identificarnos con lo de afuera, no se por qué… Bueno, por qué no… A lo mejor en un afán secreto de superación o de evolución. Tratamos de identificarnos con los grandes países, con las grandes potencias económicas y culturales, buscando una forma de decir o de crecer o de producir. Entonces dicen: “éste es internacional”, “ésta es una pintora que traspasó los límites de Chile o de América”. Eso me provoca un cierto miedo por el riesgo de la pérdida de la identidad. La Mistral y Neruda no se globalizaron en su expresión. En sus contenidos sí, pero no en sus formas expresivas, como quien dice, en su forma de vestirse. Yo notaba en Pablo siempre un interés profundo por conocer los secretos de la tierra. Por ejemplo, íbamos a pescar al río Damas y me acuerdo que me decía “enséñame a usar el anzuelo”… Porque Pablo era torpe de mano. Yo le decía “fíjese que ahora se pesca con mosca o con caimán… “No, Delia” me decía. “Enséñame con anzuelo, con sapito”. Él, que había sido embajador en Francia, que tenía todos los honores de la tierra y era hijo de un conductor de tren de carga. Me preocupa la globalización como amenaza de pérdida de identidad de nuestro modo de ser, pero por otra parte pienso que tal vez sea positiva, en el sentido de conocer otras culturas y de agrandar los horizontes. Truenos y relámpagos Las imágenes del sur están vinculadas al clima, al paisaje, a todos los elementos naturales. Las imágenes están absolutamente acordes a los estados del alma, estados humanos en relación con el paisaje y sus visiones. El agua, esas nieblas arrastradas tremendas, los vientos que me paralizan. Les tengo miedo a los vientos, a la lluvia no. Pero esos vientos roncadores que hay de repente, esos norte que atraviesan nuestra provincia… Y también le tengo bastante miedo a las tormentas eléctricas. Hace no muchos años cayó un rayo en un pellín, cerca de mi casa, y lo partió quemado de arriba abajo, a cien metros de mi casa. Entonces, cuando hay relámpagos y truenos, yo sé que son cartas en el cielo, pero me da miedo leerlas, porque me puede pescar la corriente. Este paisaje es como un poncho que te abriga, esencialmente verde oscuro y verde claro. Verde oscuro primero, cuando existe la cerrazón de lluvia. Y aprender a adivinar cosas con los cambios de luz y los mensajes que llegan a través de los rayos del sol y de las nubes. Siempre el paisaje te está comunicando algo. Por eso digo: “El sol mira para atrás”, que se usa mucho entre los campesinos del sur, cuando tienen que llamar agua. No soy huevo huero Yo soy una mujer de profunda fe y pienso que es cosa del Altísimo hacer que todo este enjambre, esta mezcla que se ha hecho de sangre y de cultura, la veo como una señal de prolongación de la cultura; y sobre todo en nuestro campo, de la literatura y de la poesía chilena. Con todos estos ingredientes tan distintos va a lograr, o ya logró, una claridad tremenda que va a iluminar toda esta punta de América. Así lo siento. Tengo un huevito de esperanza aquí y de certeza de que eso va a ser así, porque de repente recibo avisos del más allá, avisos de Dios, del Cristo Dios como le digo yo. Yo sé que nada de esto es en vano. Todo va a rendir su fruto en gente que ya no veré con mis ojos, pero de alguna manera la sentiré con el espíritu y eso me alegra mucho, fíjate. No soy huevo huero, soy huevo que da pollitos. Las del patio de atrás Las mujeres no han tenido el reconocimiento que merecen. El Premio Nacional de Literatura tiene más de sesenta años y se le ha dado sólo a tres mujeres. Con la vergüenza de que a la Mistral se lo dieron cinco años después que el Nóbel. Después se lo dieron a la Marta Brunet y me acuerdo que me tocó entrevistarla. Y por último, el año 82 me tocó entrevistar a la última, que fue Marcela Paz, la de Papelucho. Y cuántos años hay del año 82 hasta ahora? ¡Veintiséis años! La discriminación ha sido tangible, evidente. A pesar de todos los virajes que ha habido en las miradas del mundo y lo que se habla de la democratización y de la igualdad, yo pienso que sigue habiendo una mirada machista, que las mujeres somos como quien dice “de distinto patio”. Entonces, “pasen a las pobrecitas del patio de atrás, para adelante”. Un ejemplo fue la María Luisa Bombal, que también la fui a entrevistar en un momento dramático Ella estaba muy pobre, internada en una clínica, aquí en la Avenida Salvador. La vino a ver Jorge Luis Borges en el último viaje que hizo a Chile, porque eran muy amigos… Me mandaron a entrevistarla, y ¿sabes qué me dijo?.. “Delia, tú eres muy joven. No me entrevistes, porque estoy muy enferma, muy vieja y muy desalmada”. Y yo no la entrevisté. Me dio una pena tremenda. A estas alturas del 2008, sigue habiendo una mirada como de quinto patio hacia la mujer, tanto en la creación del arte como en los trabajos, en la vida pública. No hay un reconocimiento explícito, siempre tienes que andar tú con más merecimientos y más poderes que te empujen para obtener lo que es justo. ¡No me mates, que ya me jodiste! Decía la gente de Osorno: “a la Delia le pasó lo que a la Gabriela Mistral”. Porque yo estaba de ilusión, con un muchacho de allá. Estábamos pololeando, hacía tres o cuatro años. Me encontraba en Santiago haciendo diligencias y de repente llega una mucama del Hotel Crillón y me dice: “¡Qué mala es la gente de su tierra!” y me tiró el diario. “Fíjese que mataron a un joven de cinco balazos.” No lo puedo creer, le dije. Cogí el periódico y leí la noticia. Era mi novio… Yo me quedé…no sé cómo…y luego escribí una elegía producto del amor joven y de todos los sueños que nos descogotaron con esos cinco balazos. El tipo que lo asesinó estuvo cinco años preso. Dicen que Milton le dijo “¡No me mates, que ya me jodiste!”. Y le pegó otro tiro, que rebotó -mira como es el destino- en el tapabarro de la camioneta y se viró justo hacia su corazón. Y ahí cayó. Entonces me quedó la sensación de que si yo me casaba con otra persona, yo estaba engañando a Milton, porque teníamos el matrimonio en la cabeza con todas las ilusiones.. Así que cada vez que voy al cementerio de Osorno y paso frente a la tumba de Milton, le tiro una rezada. Y después me voy a ver mi mamá. La poesía como sublimación La gracia es que no me quedé amargada. No soy una mujer frustrada. Todos los días rezo y le pido a Dios que me tenga las ampolletas encendidas y sea capaz de amar al ser humano. Yo tengo un amor humano por toda la gente. Soy amiga del viejo que cuida los autos de allá abajo. Nos saludamos de beso, somos amigos. Tengo un poder de amor y le doy gracias a Dios y siento el amor de la gente, también. Tengo el amor de los niños, de los jóvenes, de los poetas, de la gente como tú, que eres antropóloga y escritora… Tengo el orgullo de ser la mamá literaria de la Sonia Montecinos, porque yo salía a bailar con el papá de ella... Ella es de Osorno, hija de Max Montencinos, la conozco desde los abuelos y sé donde tenían el campo. La Sonia donde voy, dice “mi mamá literaria”. Lo bueno es no sentirme vacía. Mi poesía está llena de amor y de ternura, nunca de odio. Me ensuciaría el alma y me sentiría jodida sin ella. Me siento una mujer que produce cosas, tengo la necesidad de dar amor y de compartirlo. ________________________________________ Entrevista realizada por la antropóloga Claudia Arellano Hermosilla, el 6 de agosto de 2008, en Santiago. Edición de Clemente Riedemann. Antropología Poética de Chile / en busca de la Suralidad. Proyecto Fondart Regional Los Lagos, 2008. http://www.suralidad.blogspot.com/ © Suralidad Ediciones