
viernes, octubre 31, 2008
Karra Maw´n, de Clemente Riedemann: Escenario de convivencia y confrontación de los discursos oficiales y las voces marginadas

Juan Paulo Huirimilla: Ese espejo que la memoria guarda

Entrevista realizada por Claudia Arellano Hermosilla.
Dibujo de Juan Paulo Huirimilla por Danilo Sepúlveda.
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Al poeta de Calbuco todo se le vino de golpe en su juventud: la urbanidad, la poesía, su identidad indígena, “los licores deleznables” –como escribió Lara. Pero se compró impermeable y se metió en la pecera donde brega –como todos- por la diferenciación. Pero no es alquimista, sino profanador de tumbas, cuyos relicarios lleva a la ciudad con gesto altivo. De allí la impronta oscura y a la vez luminosa de su lenguaje.
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La Mónica II. Cuando era niño deambulé por el campo y la ciudad. Hacía trabajos de siembra, iba a la marisca, salíamos a la pesca con mis tíos, con mi papá, con mis vecinos, con la comunidad. Cuando tenía como 12 años me vine a Puerto Montt con mi abuelo desde de la Isla Puluqui en la lancha Mónica II. Vinimos a vender papas y ajos. Fue cuando conocí los semáforos, mi primera aproximación a la urbanidad.
Lo indígena siempre estuvo presente en mi cotidiano, pero no tenía una militancia desde punto de vista indígena. Pero cuando llegué a Osorno a la Universidad de Los Lagos para estudiar Huincasungun (o Castellano), me vinculé a grupos específicamente mapuche, cuando ya te decían hermano o peñi: “¡Ah! ¿Tú eres del sur?”-preguntaban-”Sí, claro, yo soy del sur”, les contestaba... “¡Ah, tú eres hermano nuestro!” decían ellos… “¡Ah!... ¿soy hermano de ustedes? ¡qué bien!”. Entonces se comenzaron a establecer los lazos comunicativos y la reafirmación identitaria.
Ese espejo que la memoria guarda. Yo apuesto por asumir, como los vates (Neruda, de Rokha, Mistral o Cardenal) la voz de los sin voz, la voz de los oprimidos. Sobre todo ahora que los mass media nos dicen una cosa muy distinta de lo que ocurre verdaderamente en la realidad. Yo no me trago esa idea del “fin de la historia” y que tenemos que abrir las piernas como Malinche a la globalización, etapa superior del capitalismo. Creo que los poetas mapuche en general, desenterramos ese espejo apagado que la memoria guarda, para desestereotipar lo que el poder ha ocultado siempre. Por eso, lo tradicional tiene que apostar no sólo a un formato moderno en la escritura, sino que a la palabra negada y hablada de nuestra particular historia. Algo tendrá que decir frente a los procesos sostenidos de blanqueamiento cultural. La poesía mapuche es un discurso de resistencia, porque trata de abofetear a la poesía chilena. Les falta lo que nosotros tenemos: una poesía con identidad, con memoria histórica, una poesía que trata de construirse en función de la oralidad, de sus antepasados. Y apostar también a la escritura.
La identidad pluricultural del sur. La identidad del sur de Chile es como un charquicán con tallarines y con muchos vegetales, es un híbrido. Pero uno como poeta apuesta a una identidad en particular, que en mi caso es la Mapuche-huilliche. La relevo a través de la poesía y trato de enaltecerla, porque está catalogada dentro del establishment como lo más bajo; por tanto, trato de subirla al mismo nivel de conocimientos que la poesía de “la sociedad occidental”, nunca olvidando lo mixto.
Esta situación intercultural, viene a determinar una cierta variabilidad respecto a la identidad. Creo que debe entenderse como pluricultural y no unívoca, como lo plantea la ley: “todos somos chilenos”. El castellano del sur está plagado de hibridación: palabras del mapuche (su toponimia, antroponimia); quechua (guagua); del árabe (almohada); anglicismos (jeans); italianismos (tallarín); nahuac (chocolate, tomate); etc. Con todo esto se construyen textos así: “EL HABLAR DE CHILE: Tenemos la palabra Chilli y su bandera astillada / La lengua pater and mater con Hot-dog and chucrut / Un brillar de alhajas en sus muñecas / Con todo esto visionamos en el Tirol al escuchar / Un corrido de Tlatelolco./ El agua caliente fermenta mi mate con llantén / En Ego cui Alter Ego / El cinema en koa y en latín mal hablado se troncha /en mapudungün con el rock de la urbe / Iluminada por un rey.”
La estética poética en el sur de Chile. Están los jóvenes, quienes aparte de decir sus engranajes internos, están en cierta estética de la ambigüedad, la búsqueda, la locura, una generación de Electras y Edipos. Estos jóvenes ni siquiera respetan a su padre y madre, peor que Passolini, Rimbaud o Bukowski. La estética escritural post-golpe, quienes como: Mansilla, Riedemann, Trujillo y Torres Nelson o Torres Jorge, apostaron por escribir la historia de este sur testimoniando no sólo lo que les tocó vivir, sino también reescribiendo la historia con los anclajes ocultos de lo colectivo. La estética noventera: como: González, García, Velásquez, Vollmer, los cuales, tomando lo de la generación anterior, elaboran estéticas del joven hip-hop, joven isleño, joven pichanguero y del joven cogotero. Por último, la estética mapuche-huilliche, quienes vienen a resignificar lo sincrético, el testimonio, lo idealizado, lo híbrido. Claro, recogiendo también aportaciones estéticas de los poetas post-golpe, ochentera-noventeras, y de la tradición poética universal, con el fin de abofetear, descolonizar “cierto canon” poético chileno.
Migraciones y usurpación de tierras. Me parece interesante el movimiento de los huilliche en la isla de Chiloé, el movimiento de chilotes en el S.IXX a San Juan de la Costa, la ocupación de la Patagonia por parte de la gente del sur. Pero preocupante esa colonización forzada de italianos y alemanes “pobres”, pero con el apoyo del Estado, quienes vienen a usurpar las tierras a los mapuche-huilliche. De esos choques viene, a mi parecer, esa suerte de mestizaje, santerismo, sincretismo, hibridación y resistencia cultural. Creo que la poesía viene a acercar miradas sobre cierta historia culpable.
Sacarse los zapatos. Si tú viajas al campo puedes encontrar allí lazos de solidaridad más profundas que en la ciudad. Las relaciones sociales en las zonas urbanas están un poco trastocadas. Todo está en función del mercantilismo. En las zonas rurales todavía tú puedes ir a una minga y te pagan en pan o en carne; o llevas pan o mate y se comparte un poco más la palabra. Creo que es un valor fundamental. La gente que ha crecido dentro de esta relación campo-ciudad, tiene tomada la decisión de alguna vez volver al campo -esa es una apuesta- porque en realidad la sociedad urbana aquí en el sur de Chile está muy contaminada a nivel de relaciones sociales.
Trato de ir cada vez más al campo y de recoger esos elementos de la identidad. Mi familia, por ejemplo, ya no vive en Puluqui, ya no viven en la isla Quigua, viven en Calbuco. Pero hay lazos comunicativos que ellos tienen con las islas, con el campo, que no se han perdido. Yo trato de tomar esos elementos. Todos los días nosotros realizamos labores cotidianas, como tomar desayuno, trabajar, etc., pero siempre está la conciencia de tener la isla en frente de ti, como una utopía. Tratar de recoger esos elementos del campo y traerlos a la ciudad, por ejemplo, los sueños, las hierbas, el tipo de comida. Y a su vez la gente de la zona rural también hace un recorrido hacia la ciudad, tienen que venir a pagarse, tienen que ir al Registro Civil, etc.
Yo tenía una bisabuela que hacía lo siguiente: venía descalza de la isla a la ciudad y en Calbuco se colocaba los zapatos; se iba a pagar, después se sacaba lo zapatos y se subía a la lancha... Yo hago eso a veces… me coloco los zapatos en la mañana, voy a la ciudad a enseñar, a trabajar, vuelvo otra vez a la casa y me saco los zapatos.
La poesía de mujeres mapuche-huilliche. Como uno anda desenterrando tesoros, cual pirata Ñancupel, las mujeres mapuche-huilliche como Huinao, Caicheo, Curriao, Manquepillán, Rupailaf y Pinda vienen a mostrarnos aquella intimidad de mujer-niña, jovencita, madre, mujer isla, mujer machi, mujer entregada al cuerpo carnal-espiritual. Quizás con otra carga de liberación simbólica: hilando en la memoria desde del futrakuifiem (el pasado más remoto) hasta el fachantü (ahora), pero siempre aludiendo al kuifi (el pasado) para la explicación de las cosas del presente.
Nuestras abuelas. Nosotros los huilliche tenemos mucha relación con las mujeres, sobretodo con nuestras abuelas. Ellas nos han entregado los conocimientos de la lengua, los elementos culturales y religiosos. Cada vez que voy al pueblo donde nací, lo primero que hago es ir a visitar a mis dos abuelas, porque viví con las dos. Ellas para mi son muy significativas. Y si tu revisas, por ejemplo, a Leonel Lienlaf, también habla de su abuela como alguien significativo, porque él se crió con su abuela y con ella aprendió todo lo que él sabe de ser mapuche …. Jaime Huenún también habla de su abuela. Creo que la abuela es un elemento fundamental: ella termina criando al hijo huacho. Me refiero no solamente a huacho en términos de que no tiene padre presente, sino que huacho en términos que el padre ha abandonado a sus hijos; o el padre que ha tenido que ir a trabajar a otro lado… Entonces mi apuesta es por la abuela.
La luz y lo oscuro del ser. Los símbolos representativos del sur están en varios espacios, tanto en la ciudad como en el campo, como por ejemplo en la urbe “huinca” hay ríos, árboles, vertientes, que nos señalan el pasado y aquella memoria negada históricamente, por la sociedad occidental. Bueno, en el campo está representado en mantas sin teñir, lo negro de las nubes y del ropaje que no son el luto sino la fuerza de la madre-padre natura. En la literatura que yo escribo aparece esta mixtura: informar sobre la luz y lo oscuro del ser, textos de hibridez cultural donde se combina la ranchera, el western, con el ül (poesía mapuche cantada) y la poesía universal. Mi libro Palimpsesto es eso: parto de la ensoñación de lo más sagrado de la cultura mapuche; asumo la voz de los selknam (onas), porque cuando un pueblo indígena desaparece, el otro agonizante asume aquella voz negada con responsabilidad; luego deambulo por las cantinas de Rahue (espacio de confluencia de obreros huilliche y campesinos) cuya frontera natural es el río y llego al palimpsesto, como dice Marc Augé, a hurgar en la cultura-escritura para desenterrar lo que está debajo, vale decir, “lo subalterno”, el “sustrato” de la identidad mapuche-huilliche.
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Entrevista a Juan Paulo Huirimilla realizada por la antropóloga Claudia Arellano Hermosilla el 18 de julio de 2008, en Puerto Varas;
Edición a cargo de Clemente Riedemann;
Antropología Poética del Sur de Chile / en busca de la Suralidad;
Proyecto de Investigación Fondart Regional 2008;
(c) SURALIDAD EDICIONES.
miércoles, octubre 22, 2008
ENTRE AYES Y PÁJAROS, de Mario Contreras

Reseña de Clemente Riedemann
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En este libro, la visión lírica del bosque chilote es atravesada por la doble tragedia que implicó en los 70’s el advenimiento de la dictadura y la devastación forestal en el archipiélago. Así, la ternura con que el poeta recorre y describe la atmósfera interior del bosque y los bordes de su aldea, contrasta dramáticamente con la necesidad de denunciar la situación de opresión política y la tala irracional de los árboles. Un discurso instalado entre el dolor y la belleza, entre la violencia y la serenidad.
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Entre Ayes y pájaros reúne 33 poemas (la medida teilleriana perfecta) distribuidos en dos secciones: Cantos de pájaros en medio del bosque y Aquí se cierra el círculo. El libro abre con una cita del poeta chino Ts`Ao Ye y será ésta la primera publicación en el sur que trae a colación un epígrafe de esta índole. La tensión entre naturaleza y contingencia política queda de manifiesto en el texto de partida: “No me atrevo a alzar la voz / hablar / decir palabra…Las hojas secas caen / haciendo un ruido sordo en el rocío. / El viento / oh, sólo el viento, galopa y desde lejos / anuncia / el paso del día entre esas hojas.” (Para anunciar tu canto); idea que alterna –a veces se funde- con la amenaza de una debacle ecológica: “Y todo el mundo calla / mientras la bota del hachero resuena contra el mundo” (Y todo el mundo calla); amenaza que se refuerza en “Mi tiempo es de los árboles / del río que me cuenta la historia de la tierra / o del humo que azul recorre el cielo del verano / y otea el camino / por el que vienen corriendo los verdugos.”(No me preguntes).-
En Entre ayes y pájaros Contreras usó de manera deliberada -por primera vez en el sur- la poesía como recurso para denunciar la devastación ecológica en las islas: “Contemplo desde el bosque asustado / los pájaros que emigran. / No quieren acostumbrarse al ruido / de las sierras mecánicas / a los tractores que arrancan de raíces / los árboles…que aún el nido / pequeño y flojo de los tordos / devastan.” (Desolación).-
En un gesto de coraje extraliterario o como mecanismo de autocensura, Contreras encuentra el modo de vincular la devastación ecológica (que actúa aquí como metáfora de la represión) con el símbolo del autoritarismo: “Y el general no quiere oírnos. / No quiere / saber que el enemigo tala nuestros bosques / …y se lleva por delante los ríos y las plumas” .-
Sorprende en este libro la atención puesta en la construcción de la atmósfera del bosque chilote, un escenario escaso en la poesía escrita en el archipiélago, situada habitualmente en los espacios del bordemar, donde la pesca, la labranza y el pastoreo copan la escena descriptiva (Navarro Cendoya, 1964;1972) o metafórica (Mansilla, 1986; Muñoz, 1981); o el comento irónico de la identidad urbana pueblerina (Trujillo, 1979); o la tradición religiosa (Caicheo, 1984; 1999). El modo de Contreras para internarse en el bosque es lírico, influído acaso por la literatura china que entonces consultaba (ver entrevista en este mismo blog) o la circunstancia de estar habitando en el sector interior de Puntra, lo que se hará más evidente en su libro posterior Palabras para los días venideros. Pero también denota la necesidad de paz y belleza en medio de tiempos violentos. No se trata de evadir la realidad, sino de atender al impulso orgánico de relacionarse con lo bello, en la serenidad del espíritu. El poeta incuba la idea de sembrar, de compartir, de dar, como lo demuestra la insistencia en el empleo del vocablo “esparce”: “Mientras la barca avanza y el ruido de los remos / se esparce entre los juncos / y en el tepual asoman su cabeza los / coipos sorprendidos…”(Descubrimiento) o “En el bosque florido conversan las abejas / mientras el sol esparce al viento sus dedos oculares…”(Y todo el mundo calla) y “No hay nada. / Salvo el sabor salobre del mar que esparce el viento / entrañas de cipreses galopando / en la orilla / de la lluvia.”(Invierno en Chiloé).-
La impronta nostálgica (una de las opciones sicológicas en tiempos de adversidad o de crueldad) se desliza hacia el final del libro “Adoro / la lentitud de mis lejanos días. / La pausa / que nos dábamos entonces. / Mirábamos / tan sólo / los ojos de los árboles / el río / que incansablemente pasaba murmurando / el concéntrico discurso / de los peces y el agua.”(Esos lejanos días).-
En relación con la identidad, Contreras deja entrever su alianza subliminal con la naturaleza: “Mi morada es pequeña pero guardo entre los cantos / agrestes del mañío / todo el olor del bosque y el zumo de los pájaros..”(El olor del bosque) o “No tengo tiempo propio/ Mi tiempo es de los árboles, del río/ que me cuenta la historia de la tierra…” (No me preguntes) o “Con mi rostro arrugado juego a / ser anciano / apoyado ahora por los añosos árboles…” (Mientras silbo).- Se menoscaba en “descubro que es inútil venir conmigo al bosque…..Descubro mi poca pinta de héroe o joven de película..” (Descubrimiento) se desalienta y contradice en “No me importa si mañana los bosques desfallecen.” (No me importa).-
Entre ayes y pájaros obtuvo el premio Gabriela Mistral en 1980. Lo autoedición de Contreras optó por el formato cuadrado y el papel kraft, muy de moda en la época. No registró datos editoriales, ni numeró las páginas y empleó una tipografía excesiva. Si no hubiera otros libros con peor diseño, diríamos que es un modelo de lo que hoy denominaríamos kitsh. La ilustración de portada muestra un árbol con una rama desprendida, lo que parece congruente con la temática. El ícono ha sobrevivido en el sello de la actual editora Kultrún.-
Los libros que Mario Contreras publicó hasta la primera mitad de los 80 (Raíces, 1978; Entre ayes y pájaros, 1980; Palabras para los días venideros, 1984) marcan el momento más alto de su poesía. En ellos persiste una visión del bosque insular chilote, transida de un hondo y delicado lirismo, cruzado por la tragedia psicológica y existencial que implicó el advenimiento de la dictadura y la devastación forestal. Así, la ternura con que el poeta – solo y desolado- recorre y describe la atmósfera interior del bosque chilote y los bordes de su aldea, contrasta dramáticamente con la necesidad de denunciar la opresión política y la tala sistemática de los árboles.
Surge, entonces, esa potente poesía que, en medio de la adversidad, descubre para él y para otros, un espacio de libertad, belleza y justicia, no vueltos románticamente hacia un pasado perdido o vedado, sino hacia los días venideros, en una actitud afirmativa que iluminó la escritura de sus contemporáneos más jóvenes y les alentó a resistir espiritualmente esos tiempos de persecusión.-
Colofón. Por sobre su artesanía material y sus imperfecciones discursivas, esta obra de Mario Contreras fue pionera en varios sentidos: diversificó la temática recurrente del discurso chilote; planteó el tema de la defensa del bosque en la poesía del sur; empleó la metáfora para referirse críticamente a la contingencia política; demostró la pertinencia de recurrir al lirismo en tiempos de violencia; inauguró la vía local de la autoedición; y logró la primera distinción nacional para su grupo generacional.
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Mario Contreras Vega
Entre ayes y pájaros (1980)
Autoedición, Ancud, Chiloé.
46 pags.
Premio Gabriela Mistral, 1980.
Obra consultada para análisis en el proyecto de investigación Fondart Regional 2008,
Antropología Poética de Chile / en busca de la Suralidad
© Suralidad Ediciones, 2008.
http://suralidad.blogspot.com/
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domingo, octubre 19, 2008
Rosabetty Muñoz: Ni víctimas ni nostálgicos

Entrevista de Claudia Arellano.
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Desde la Suralidad y su condición de mujer, Rosabetty Muñoz ha logrado levantar - sin aspavientos ni remilgos- una poesía personal que resuena a lo largo del país. Su consistente y largo afán comenzó en el ámbito familiar chilote y los talleres literarios en su infancia escolar; continuó en la camaradería universitaria del grupo Indice, en Valdivia; y se afianza ahora al ritmo de una producción editorial notable, sin sustraerse a la responsabilidad de abrir espacios para otros, especialmente a los jóvenes quienes, como ella lo hizo, buscan un horizonte de elevación a través de la palabra poética.
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La materia viva de mi poesía.
Muchas de las imágenes que aparecen en mi poesía están relacionadas con el paisaje natural y humano del sur de Chile. La relación entre los habitantes y los elementos es clave para ir diciendo este sur, materia viva de mi poesía. El agua y sus distintas manifestaciones es protagónica: agitándose, misteriosa y espesa, en el mar, que termina siendo metáfora del mundo oscuro y difícil que nos toca vivir; o clara, dispuesta a limpiar, corriente que fluye. La humedad está – creo – integrada en nuestra propia estructura interna y somos también distintos por eso.
El azote de los vientos y la indefensión del hombre como situaciones permanentes y no como eventos esporádicos, también configuran este mundo. Vivir concentrado en los interiores y con una concepción temporal suspendida mientras pelean afuera las corrientes de agua, los ventarrones, los truenos y relámpagos, nos señalan como personas más reconcentradas en temas profundos; la liviandad que trae el tiempo de verano, las brisas ligeras, los olores y colores del verano son breves y aparecen en nuestros escritos como pequeños destellos.
Mi poesía también se interesa por las huellas que han dejado los antiguos, sus formas de habitar este mismo espacio y creo que las imágenes de sus apariciones en los lugares presentes están también en otras obras de poetas del sur. Nombrar los objetos (con todo lo peligroso que puede ser adentrarse en el espacio del cotidiano sin convertir el gesto en folclor) es una forma de animar otra vez resoluciones que nos sirven hoy por lo que cargan de identidad.
Reconozco en mi trabajo numerosas imágenes asociadas al trato del hombre con los elementos y que significan pérdida: naufragios, muerte, abandono, soledad. Lo religioso traspasa casi toda mi escritura, las imágenes de los santos en las iglesias, la fe de los sencillos, el sentido de la fe en las comunidades chilotas que se define por la necesidad de creer en este cuerpo sagrado que es común y del que participan todos.
El habla cotidiana de mi comunidad.
Estoy atenta al habla cotidiana de la comunidad y tomo apuntes que luego uso en los poemas. Presto oído especialmente a los antiguos donde se encuentra un capital valioso, pero también converso y escucho a los menores porque sus voces abren la posibilidad de rastrear los cambios culturales. A veces son frases completas, imágenes y metáforas que salen de las bocas jóvenes y mayores con naturalidad. Mi desafío es lograr un tramado en que las voces vayan fundiéndose y la mía desaparezca en un decir espesado por la fuerza de la palabra viva en la comunidad. He “escrito” o más bien editado poemas donde recojo expresiones tal cual las han dicho otros sólo les agrego un título o comillas. La intención es dejar hablar, pero también hay un ejercicio de selección que señala al autor, que deja fuera – seguro- mucho de una palabra que también representa este tiempo. En Chiloé, por ejemplo, existen todavía giros de lenguaje que tienen mucho que ver con el español antiguo: Hay gente que me dice “esa palabra la buscaste en un diccionario” y no es así: está dentro del lenguaje. Mi mamá, por ejemplo, dice “sajar”, que es un corte súper fino, preciso, con el cuchillo y no es una palabra impostada, es parte de su natural expresión. Entonces, creo que el mayor valor que puedo encontrar, es precisamente ponerle oído a lo que habla la gente que todavía conserva una cultura tradicional, pero como uso del lenguaje, porque está cargada con esta visión de mundo que más me interesa a mi, una visión que está relacionada con los elementos, con la naturaleza.
Verso libre, imagen, metáfora.
En lo formal, se trabaja especialmente el verso libre, de variada medida: desde brevísimas líneas en poemas también cortos, a versos de arte mayor (con menor frecuencia). Las formas estróficas responden a necesidades semánticas y poco se usan estructuras tradicionales como sonetos u otros. Creo que las figuras literarias más presentes son las imágenes y metáforas; la actitud lírica más presente es la enunciativa. Hay muchos poemas que tensan los límites de lo lírico y lo narrativo. Todas estas características ligadas a una posición vital de la mayoría de los poetas llamados del sur: no escribir de espaldas a la circunstancia histórica.
La palabra poética.
Hay una gran complejidad al momento de trabajar la palabra poética, por cuanto sí se reconocen numerosos elementos determinantes de la identidad en el uso del castellano; sin embargo, su uso en los textos ha de ser mirado detenidamente. No estoy de acuerdo, por ejemplo, con utilizar términos en los poemas que luego deben explicarse en un glosario o a pie de página (lo he visto en textos de Huirimilla y Colipán, también en algunos chilotes). Creo que es un esfuerzo necesario dar a los giros de lenguaje, a ciertas estructuras o vocablos, un contexto tal que su comprensión siga el mecanismo de las figuras literarias: sean portadores de sentido y se abran al entendimiento desde lo sensible no desde la tautología.
Reinterpretación de la historia y de la infancia.
Creo que esta poesía postula un alerta permanente frente a las tentaciones del medio, léase acomodarse a una visión de la realidad que no provoque conflicto (folclorizante o celebrante de este tiempo). Esta poesía coloca en primer plano a personas olvidadas por la historia, hace protagonistas al hombre y la mujer comunes y su hazaña cotidiana. Esta poesía revisa la infancia despojándola de la idealización y mirándola honestamente, con lo cruda que pueda ser, la misma actitud con que se revisa la historia, las costumbres. Moviliza la concepción de belleza mirando en el entorno y buscando en particulares modos de entenderla.
Lenguajes que exploran los cruces culturales.
A partir de un primer momento de eclosión de cierto lenguaje moderno, que se hacía cargo de temas también actuales (entiendo que se habla de poesía del sur respecto de un conjunto de obras y nombres que iniciaron un proceso hasta ahora no interrumpido, consistente y con ciertos grados de lucidez en torno al propio quehacer literario) se han acumulado estrategias de escritura y se han abierto espacios para profundizar en distintos cauces.
Así, hay poesía mapuche huilliche que está dando cuanta de mundos ocultos hasta ahora, por ejemplo, la poesía escrita por Bernardo Colipán o Jaime Huenún; hay lenguajes que exploran en los cruces culturales que se dan en las ciudades más pobladas del sur y que cruzan elementos de lo indígena con culturas marginales de campesinos que han migrado a la ciudad, como en la poesía de Paulo Huirimilla; la poesía de Sergio Mansilla que se interna profundamente en el imaginario chilote, sin idealizarlo, y desde esa búsqueda establece un contraste con el mundo contemporáneo; hay autores que hacen una feroz crítica a la modernidad pero no logran trascender la intención. También hay poesía que apuesta por mantener en la palabra un cierto pasado engrandecido y se niega a ver cualquier ventaja en la modernidad, creo que esta última es una poesía de corto alcance, destinada a perderse.
Convivir con la dinámica de la naturaleza.
Siempre he creído que el paisaje es absolutamente marcador de los caracteres. Las agresiones que en otras partes pueden ser agresiones metafísicas, aquí se manifiestan en forma concreta o una las percibe con las marejadas, y con los vientos impresionantes, y con los temporales. Creo que la influencia del paisaje en los caracteres de las personas, me parece que es un rasgo interesante de revisar, incluso para la gente que pelea con eso. Siempre me acuerdo de Jorge Torres, cuando decía que él escribía de espalda al paisaje, quiere decir que el paisaje es una imposición a nuestra vida personal, entonces tú tienes que asumirlo de alguna manera. Una de las cosas que a mi me fascinan de Chiloé, es cómo las comunidades rurales, las isleñas, aprendieron a hacer esta convivencia con los tiempos, con las mareas, con la dinámica de la naturaleza.
Producción, edición, difusión y crítica.
Existe en el sur, actualmente, una nutrida actividad literaria. Permanente edición de libros, realización de lecturas públicas, encuentros de reflexión en torno a la literatura. Se han hecho visibles, ante el resto del país, notables poetas que trabajan desde su cultura huilliche-mapuche; continúan en actividad creciente los poetas reconocidos en el sur de Chile y más allá de las regiones, pero no se percibe mayor relación y contacto entre los poetas de distintas provincias y distintas generaciones.
En este sentido, pienso que la forma de ocupar el espacio de producción literaria se puede caracterizar con términos similares al capitalino: dispersión y atomización. Después de haber vivido un fuerte impulso el trabajo literario “comunitario” en la década de los ochenta, cuando se desarrollaron planteamientos que sustentan el trabajo de hoy, el complejo panorama del sur se mueve por intereses parciales.
Creo que se trata de un período de transición porque más temprano que tarde quedará en evidencia que los problemas que enfrentamos antes y los actuales son bastante parecidos y siguen teniendo relevancia las bases que sentamos hace más de veinte años: establecer nuestros propios circuitos de producción, edición, difusión y crítica.
El capital simbólico de la poesía escrita desde el sur.
Pensemos en títulos de libros representativos de la poesía del sur: “Noche de Agua”; “Entre Ayes y Pájaros”; “Karra Maw’n”; “De Indias”; “Orillas de Tránsito”; “Los territorios”;”Canto de una oveja del rebaño”. En éstos y otros textos, encontramos referencia al paisaje, a la situación geográfica, al hábitat de los poetas. La riqueza de esta poesía es que no refleja un territorio sino que lo convierte en capital simbólico; otra riqueza es su permanente preocupación por el propio oficio de escribir y por las preguntas esenciales de lo humano: eso permite que esta palabra tenga universalidad.
Sin embargo, más allá de su vocación por desentenderse de los límites a que se nos quiere restringir bajo el expediente de “lo provinciano”, creo que es posible reconocer el paisaje y su gente leyendo la gran obra de la poesía del sur, es decir, la suma de los libros escritos hasta ahora y los que todavía vendrán a enriquecer esta mirada.
El tránsito entre tradición y modernidad.
He transitado incluso angustiosamente desde una época en que creía en la defensa de una forma de vida distinta, particular (la chilota tradicional) hasta la crudeza de mirar este tiempo en que la globalización está presente en todos los rincones. Intento “decir” la forma en que una comunidad responde a los desafíos de la historia, cómo y qué persiste de la tradición, cuáles son los rasgos de la identidad que la marcan de cara a un tiempo tecnologizado y aparentemente unido por innumerables medios de comunicación. El desafío es permanecer alerta a las señas y no victimizarse o asumir el lenguaje de la nostalgia eterna.
La relación entre historia, tradición, modernidad se encuentra en distintas obras de los poetas del sur; la relación con el paisaje humano y natural también está presente, aún cuando no sea protagónico en muchos trabajos; hasta el modo de sustraerse a su influjo está marcado por la pertenencia.
Devastación y resistencia cultural.
Creo que una seña de identidad es que esta poesía se ha desarrollado en la inquietud por los procesos sociales, históricos, políticos. En este sentido, para cualquier viviente de este tiempo se hace evidente el enorme cambio en las formas de vida que se han producido en el sur de Chile. En Chiloé, donde vivo, los movimientos migratorios han traído a los márgenes de los pueblos más grandes a muchos campesinos y pescadores que están abandonando sus tierras con todo lo que ello implica, entre otras cosas, volverse asalariado y perder el ritmo natural de sus labores.
Las influencias foráneas han sido devastadoras para la cultura tradicional, por medio de los instrumentos de comunicación masiva, se uniforma el lenguaje, los deseos, las formas de relacionarse. Las tierras, antaño familiares, están siendo vendidas como parcelas de agrado y tienen dueños que vienen una vez al año… En ocasiones tienen de inquilinos a los antiguos propietarios. Conviven mal, todavía, los que añoran una vida más acorde con los valores culturales tradicionales y los nuevos vecinos que representan al sistema económico de libre mercado.
Entre los jóvenes pareciera haber menos resistencia a las nuevas tendencias, pero basta que salgan de la isla a estudiar para que se replanteen una mirada más atenta a lo ancestral, precisamente por la necesidad de tener una identidad propia en el espacio de la gran urbe, se vuelcan al deseo de recuperar señas culturales en peligro de desaparecer.
Nos siguen mirando con sospecha.
En el medio literario centralista, miran como una desventaja que uno escriba desde el sur, en el sentido de que “otra vez está con el tema de las ovejas, del paisaje”, como burlándose y disminuyendo el trabajo que uno hace. Creo que hay pocas miradas realmente serias hacia el sur, por lo menos en la literatura. Cuando se nos compara con la poesía nacional o con los jóvenes que están escribiendo hoy día, por ejemplo “críticas al sistema capitalista”, tenemos presente que nosotros lo estamos haciendo aquí desde hace años; además, desde un lenguaje donde la invasión de la globalización ha sido mucho más violenta, porque ha chocado con unas comunidades pequeñas donde la forma de vida era completamente de otro ritmo. Sin embargo, nos siguen mirando peyorativamente. Creo que les acomoda mirar las cosas de ese modo, porque si te sitúan en ese lugar, desde ese lugar no molestas, hay una intencionalidad también en hacerlo. Si hablamos de este poder, que dice cuáles son los discursos que realmente interesan desde la poesía nacional, creo que siguen mirando con sospecha todo lo que uno hace, todo lo que no es metropolitano.
Lo interesante que ha pasado en el sur, por lo menos lo que pasó con la generación nuestra, desde los años 80 en adelante, es la manera en que nos hemos sentido libres de trabajar y de valorar lo que estamos haciendo, con cierta independencia y cómo gesto político: producir con las editoriales del sur y no estar pidiendo permiso para utilizar ciertas formas de escritura, de no tener que estar dando explicaciones a nadie de por qué hago esto o lo otro.
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Entrevista realizada por la antropóloga Claudia Arellano Hermosilla, el 25 de julio de 2008, en Ancud.
Edición de Clemente Riedemann.
Proyecto de investigación “Antropología Poética del Sur de Chile / en busca de la Suralidad”. Fondart Regional Los Lagos 2008.
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viernes, octubre 17, 2008
Marlene Bohle: "Me gusta saber que soy mestiza"
Fotografía de Marlene Bohle, Arcoiris (2008)
Entrevista de Claudia Arellano.
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Marlene Bohle es una de las autoras más laboriosas del Llanquihue interior, donde el mar es un rumor que campea sobre los ñadis cercanos a Monteverde. La creadora de Raigambre percibe allí la respiración de los antepasados, moradores habituales de su poesía.
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La herencia campesina.
Mi abuela siempre decía que si uno no sabía quién era, no podría saber para donde iba, porque desde esa certeza tú te construyes hacia delante. Si no tienes esa certeza no tienes piso donde asentarte. Y eso me quedó muy claro cuando yo era una niña de 12 años y empecé mi investigación para saber de dónde diablos venía, qué significaban mis apellidos, qué significaba el Bohle, el Maldonado, por qué yo sentía este traspaso de situaciones.
Me sé campesina, me gusta ser de la tierra. Sigo sembrando menta en mi jardín, junto con las margaritas. Tengo todos mis espacios llenos de flores; soy una persona de costumbres sencillas, trato de conservar conmigo esas cosas que vinieron desde antiguo y que tienen que ver con los rasgos identificatorios de mi realidad anterior. Me refiero a mis abuelos, a mis bisabuelos, a mis tatarabuelos, a mis chonos.
En el verano, cuando estuve muy enferma, mi padre me llevó a conocer la casa de mi bisabuelo en el sector de Las Lomas. Ahí estaban esas maderas, esas construcciones antiguas, esas mesas donde se reunían como cuarenta personas. Allí estaban los nuestros retratados de pies a cabeza. La única herencia que yo tuve fueron los aprendizajes que logré con mi abuela. Ella llegó a los ocho años desde Holanda, tenía toda una cosmovisión europea y gracias a ella yo discerní muy temprano muchas cosas. Mi formación intelectual se la debo en gran parte a la abuela.
Las voces de la ruralidad.
En todas las formas posibles, mi apuesta es por el lenguaje sencillo y por el rescate de las voces locales y eso está presente en mi poética. He estado muy pendiente de atender las voces de las gentes emparentadas con la ruralidad y - muchas veces – tomo “prestadas” oraciones completas y las incorporo al texto. Para ser verdadera, no puedo obviarlas, pues las voces están y son más allá de ellas mismas.
Acribillados por mil “balines culturales”
Somos la suma de tantas cosas, acribillados por mil “balines culturales”; todos los cuales dejan su “seña” en nuestra piel, en nuestro nombre, en nuestras apuestas vitales, en nuestra manera de atender y entender la realidad; en fin, es bueno saberse traspasado por estos balines, pues se bebe de tantas aguas y de cada una se recibe en herencia peculiaridades que tienen que ver con nuestra identidad y con el sentido de pertenencia. Al poeta le corresponde plasmar el acontecer y sus vicisitudes en el poema: dejar constancia, denunciar, anunciar, registrar, etc. Por lo mismo, nada de cuanto acontezca le puede ser extraño al poeta, ni la política, ni los cambios o rebeliones sociales, ni las diferentes maneras de enfrentar la realidad… Como cualquier ser humano, nos vemos traspasados por los elementos culturales foráneos y por lo hechos de la naturaleza que vienen a modificar lo que somos. Un ejemplo claro es el terremoto de 1960 en las gentes que habitamos el sur de Chile; este es un verdadero hito que dividió nuestra historia en un antes y un después.
Me gusta saber que soy mestiza.
Me gusta saber que soy mestiza, constatar que en mí habitan pequeños hálitos de tantas otras mujeres que me legaron algo más que su sangre, el color de la piel, los ojos o el cabello. Cuando se sabe una, mestiza, tiene una apertura emocional mayor, tiene un ojo más largo y un oído más ancho; tiene un compromiso con su historia y con la de quienes constituyen su raigambre… En fin, no me habría gustado ser de otra manera; me gusta lo plural, lo diverso. Yo me sé y me siento traspasada por múltiples hebras étnicas y culturales: me sé mestiza y ello me hace sentir más plena y más completa como persona humana. Provengo de bisabuela rusa, de bisabuelos españoles y alemanes; recibí la maravillosa influencia que sembró en mi carácter mi abuela holandesa. Con tamaña trama no podría dejar de reconocer nuestra fundamental característica; la de ser mestizos de leches, como buenamente lo apunta Delia Domínguez.
La permanente búsqueda del pasado.
Creo que a lo que más nos acercamos es a la poesía del hogar, en el sentido más amplio y verdadero. La casa, entendida como el espacio geográfico con todas sus implicancias; de alguna o muchas formas siempre se está tornando de regreso a la vieja casa de los padres o los abuelos, se añora el aroma de las frutas, de los árboles, de los bosques que ya no existen, de los desayunos de antaño. Es una permanente búsqueda de lo que ya dejó de ser, porque otras costumbres se han venido a imponer…a veces desde muy lejos. Hay en nuestra poesía una suerte de exilio vital, teñido de esa nostalgia por lo que hemos ido perdiendo. En algunas, visualizo también una constatación de la muerte, más allá de la no existencia física; la muerte como un destino, como la culminación arbitraria de un tiempo que de alguna manera creíamos nuestro…
Dejar de mirarse el ombligo.
Para el área metropolitana, nosotros no existimos. No sé si por miopía intelectual, por esa soberbia natural del que se sabe en el centro de las cosas; pero lo cierto es que el problema es de ellos. Son ellos los que se pierden la posibilidad de beber de nuestras voces y nuestra realidad. Nuestras voces son disímiles: ellos escriben desde una jaula de cemento y nosotros – los de más al sur – estamos en descampado, tenemos más espacio físico, más aire, no estamos tan contaminados… No digo que seamos mejores – poéticamente hablando –, pero ellos podrían dejar de mirarse el ombligo y entender que Santiago no es Chile.
La memoria de las cosas.
Se me ocurre que la poesía escrita en el sur deja constancia de una “irrupción enajenada” proveniente de los centros modernistas, sea ésta del propio país o foránea. A esa irrupción se debe la transformación del paisaje cultural y humano. Han variado las formas de hacer las cosas, las formas de pensar y actuar, la manera de vivir y de relacionarse con los demás. En fin, creo que estamos escribiendo desde la memoria de las cosas y son los espacios y las gentes que habitan o habitaron estos espacios, los sujetos de lo escrito.
La poética de la religiosidad.
Los conceptos utilizados en la poesía del sur son el dolor y la muerte. En el ámbito del dolor no hablamos sólo del dolor físico o espiritual por una pérdida, una renuncia, el socavón del desamor, el exilio o el destronque desde el faldón de la familia. Se cita al dolor de estar vivo, a la certeza del dolor como crecimiento humano. En lo referido a la temática de la muerte, ésta se traduce también en el dolor de saber que nacemos para morir y que nuestro único destino es la muerte. Como respuesta a esta verdad, se escribe desde lo religioso; se rescatan los íconos del cristianismo como soporte de fuerza, fe y esperanza. La metafísica – como parte de la filosofía, está presente de cuerpo entero en esa especie de búsqueda permanente de la razón de la naturaleza humana y material. Y los mil avatares que implica esta búsqueda de sentido y de razón, es un tema recurrente de la poética en general. Se la aborda desde los más diversos elementos, desde las más diversas situaciones y visiones; desde lo interno y lo externo, desde la risa o el dolor, desde la rabia, la tristeza y varios etcéteras. Uno de los vínculos recurrentes de la poética sureña en relación con la tradición literaria universal es esta religiosidad, presente en la poesía de mujeres como Delia Domínguez, Sonia Caicheo, Rosabetty Muñoz y Antonieta Rodríguez. En los escritos de estas poetas está la constancia de la Virgen, los rezos y cánticos que ha difundido el catolicismo. Ahí podemos generar una vinculación con los poetas religiosos españoles y mexicanos, por ejemplo.
El espinazo de la poesía.
Yo diría que nuestra poesía es más lírica, con muchas imágenes reales y que los textos, los escritos de la gente del sur, tienen algo que es importantísimo en el ámbito de la comunicación lingüística y es que el poema -estamos hablando de lo lírico- tenga un sentido, un espinazo (como les digo yo a mis chicos en literatura), una columna vertebral. Porque yo veo, por ejemplo en la poética joven de la gente de Santiago, un tirar imágenes sueltas y me parece que no tiene por qué ser así la poesía, sin hilación, sin un desarrollo. La gente cree que porque tiene cincuenta poemas puede hacer un libro, el libro tiene que tener esa columna, si no… ¡de qué estamos hablando!
La posibilidad de denunciar.
La poesía tiene una connotación que me parece fundamental: el hecho de que a través de ella tú puedes dejar constancia, hacer historia, volver a contarla de una sola mirada. Es una proeza increíble, hay muchas formas de mirar las cosas, dejar constancia de las cosas que han pasado en el tiempo que tú viviste, cómo nos trataron a nosotras las mujeres, por ejemplo, como fue esta situación, como fue la otra. Cuando menos en lo que a ti te concierne, no podemos abarcarlo todo, ni nos corresponde. Y también la poesía tiene la posibilidad de denunciar. La poesía de alguna forma ha venido a reivindicar la existencia de los pueblos originarios, ha venido a colocarlos a ellos también donde les corresponde estar, aunque lamentablemente se volvió una moda; y una moda que hoy está demasiado manoseada. Muchas personas se aprovechan de ello para presentarse frente a un supuesto universo literario y lograr algunos aplausos, nombradía, becas para salir afuera.
La validación del llanto.
Yo tengo un compromiso básicamente con mi ruralidad; y después tengo un compromiso con mi género, como mujer; y nadie podrá decir las cosas como yo las digo, porque soy hembra. Los hombres son distintos y… ¡que bueno que sea así!, para que podamos complementarnos y que haya riqueza en la relación.
Yo he pasado años de mi vida pensando en qué tienen que decir las mujeres en la poesía. Por qué, por ejemplo, las mujeres actuamos o nos mostramos en el mundo de una forma distinta a los varones. Por qué no validar esa forma entonces, por qué no validar el llanto. El llanto es una emoción tan natural como la risa. Y si a ti te permiten reírte a carcajada limpia, incluso en un espacio cerrado, ¿por qué no te permiten llorar también?. Validemos el llanto, validemos las lágrimas, que de alguna manera también sirven de bálsamo al alma. Los hombres de ahora también lloran…Un hombre que lloraba cincuenta años atrás poco menos que había que excomulgarlo… ¡Eso no lo podían hacer los hombres!. ¿Te acuerdas que le decían a los niños que los hombrecitos no lloran? Y el niño tenía que reventar de dolor, pero no podía gemir.
Sentir que cumplo con los míos.
Nosotros somos energía. Y la energía no se pierde. Pienso que nos transformamos y que luego tornamos a la vida en otros ser y que de nuevo volvemos con los ojos limpios a mirar la vida y que tenemos otra oportunidad más de andar, sin saber que antes ya estuvimos. En esta certeza me quedo yo. Y no es que quiera volver, pero yo sé que alguien tomará esta energía que hay en mí ahora y algún día comprenderá esos procesos que yo no alcancé a entender. O habrá otra que siembre por mí, lo que yo no pude o no supe.
Cuando estaba con mi enfermedad hasta el tope, una de mis grandes amarguras era el no haber tenido la valentía de haber botado cosas que parecían importantes y haberme dedicado más a lo que yo quería realmente hacer con mi vida personal.
Sentía angustias por la certeza de que había dejado todo a medio camino y ahora, claro, entiendo que si me estoy mejorando es porque me están dando una nueva oportunidad. Y quiero aferrarme a esa idea. De alguna manera quiero dejar algo, porque ¿qué sentido tiene pasar como un soplo por la vida…?. Dejar algo… para que no me olviden, para sentir que cumplí con los míos.
Colores e imágenes del la suralidad.
Verde, verde, verde/azul, seguramente por el mar, no tanto por el cielo. El cielo está más cargado de nubes, es más gris. Los árboles; las frutas; las costumbres de la gente campesina. La lumbre, las conservas, los pájaros que anidan en los aleros, el borracho en la cantina. Las micros que llevan pasajeros hasta en la parrilla, la misa de domingo, las carreras de caballos, los birloches en mitad del barro, los muertos enterrados en el patio, los pozos, los cercos de madera, las tejas de alerce. La presencia y constancia de un mestizaje que se deja sentir en lo cotidiano.
La lluvia.
El azul, la lluvia… Agua, agua, agua… Pero un agua que no daña, un agua que limpia. Es una extraña agua ésta, que no hace pedazos las cosas, sino que ayuda a construirlas. Esta lluvia constante, penitente, en el fondo es una gran aliada de la creación. Yo creo que si en esta zona se da tanto la poesía, es justamente porque nosotros tenemos esta gran colega nuestra, que es la lluvia. Ella hace que tú tiendas más a la casa, al hogar, no solo a volver a la casa, sino que a revisar los elementos que conforman tu universo, que puede ser incluso imaginario, pero está teñido de todos estos elementos, esa nostalgia por la vieja casa de madera, esa nostalgia por las costumbres antiguas de la lumbre encendida y encima chisporroteando una tetera, con el mate presto, que tiene que ver con el influjo chilote, del que estamos muy traspasados. Y todo tiende a unificarse, porque entre el kuchen, el chucrut y el milcao, yo no sé cuál de todos tiene más peso. Y las más de las veces tú los ves hermanados en la mesa. Esos son los cruces que te digo, esas tramas que se van construyendo desde lo que somos, porque eso somos: una mezcla.
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Entrevista realizada el 13 de agosto de 2008 por la antropóloga Claudia Arellano, en Puerto Montt.
Edición de Clemente Riedemann.

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viernes, octubre 03, 2008
Graffitis y tags: la cultura de los bordes

Artículo de Claudia Arellano Hermosilla
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“Una escritura itinerante del spray en mano, que marca su recorrido con la flechada gótica de los trazos. La gramática prófuga del graffiti que ejercita su letra porra rayando los muros de la ciudad feliz, la cara neoliberal del continente, manchada por el rouge negro que derraman los chicos de la calle.” (Pedro Lemebel)
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En el encuentro de entender la ciudad y apropiarse de ella, surgen conflictos. Por un lado, están quienes intentan crear espacios urbanos asentados físicamente en el territorio y apoderarse materialmente de ellos; y por otro, aquellos que quieren crear nuevos significados y apoderarse simbólicamente de los mismos.
La necesidad de tener un lugar en el mundo, un territorio donde sea posible ejercer poder sobre él, es uno de los temas de conflicto en ciudades tan ordenadas y pulcras como Puerto Varas, donde los espacios públicos se han estrechado y el sentimiento de pertenencia como construcción del sujeto urbano que habita esta ciudad se comprime.
La figura de los grafiteros ejemplifica uno de aquellos actores que habitan la ciudad, pero que carecen de un territorio. Adhieren a la no pertenencia de un espacio al no poder permanecer, al no poder ser. Luchando contra esto, los grafiteros construyen un lugar en el mundo a través de sus rayados y se adueñan de un espacio territorial, por derecho propio, por el simple hecho de habitarlo, de ocuparlo, de significarlo, de comprenderlo.
El graffiti, según Armando Silva[1] (1989) “busca impactar racional o afectivamente, para generar dudas y sospechas respecto a lo establecido dentro de un territorio”. Una cultura que transita por las ciudades dejando a su paso inscripciones con sus distintivos identificatorios, sean estos tags (firmas), flops (letras grandes con dos o más colores) o graffiti. Estos distintivos llevan implícita la trasgresión, que se instala como un espacio de resistencia frente a la dinámica de la ciudad.
El ordenamiento y segmentación espacial que se ha forjado en Puerto Varas agudiza las diferenciaciones identitarias. El centro de la ciudad actúa como un referente espacial socioeconómico de alto poder adquisitivo, sumándose a esto el dictamen de políticas locales marcadas por discursos ideológicos que buscan imponer una imagen de ciudad cimentada desde un imaginario germánico -europeo, aséptico y homogéneo- negando y excluyendo todo indicio de relatos e imágenes polifónicas.[2]
El graffiti irrumpe desde la periferia, del borde, para transgredir este orden profiláctico y aséptico del centro de la urbe. Los grafiteros se reapropian de la ciudad a través de aquellos espacios públicos negados por el orden establecido, dotándola de nuevos símbolos y significados como estrategia de pertenencia y aporte desde la diferencia, desde los bordes.
La institucionalidad tiende a arrastrar a estos grupos a la periferia -considerados parte de la cultura popular- reapareciendo con más fuerza en aquellas zonas públicas (la plaza, o el centro) para resistir a esta negación.
La ciudad, además de ser un escenario donde desenvolverse, es a la vez un lugar que nos dice cosas sobre nosotros y, por cierto, también sobre los jóvenes que la habitan, sus molestias, sus cuestionamientos, sus intereses e identificaciones, sus estéticas del descontento, al inscribir “yo estoy aquí”.
La pregunta queda planteada: ¿Cómo engendrar una ciudad cuyas configuraciones sociales y culturales reflejen la búsqueda de quienes residen en ella, entendiéndola como un “espacio de encuentro” inclusivo y no excluyente? Desde esta perspectiva, hacemos referencia a Richard Sennet[3] (2002), cuando nos propone abrirnos a una mirada nueva de la ciudad, ya no como un lugar de coherencia y orden restrictivo, sino como un lugar de la diferencia y del respeto al otro.
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[1] Silva, Armando. (2000) Imaginarios Urbanos. Bogotá. Tercer Mundo Editores.
[2] El componente indígena Huilliche, por ejemplo, siendo relevante en la zona, no está presente en el imaginario de la ciudad y su emergencia se reduce a nombres de puntos de venta de artesanía o en la señalética vial en áreas rurales. Se desecha, pues, la potencia de lo diverso como aporte al imaginario de identidad.
[3] Sennet, Richard. (2002). Vida Urbana e identidad personal. Barcelona. Ediciones Península.
Fuente: Revista SurOpaco Nº2 Abril 2008. Puerto Montt/Puerto Varas. Pags.6-9
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