jueves, junio 10, 2010
La canción de la Tierra
La Tierra vista desde el espacio. Gémini IV (1965)
Clemente Riedemann
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Los recientes terremotos en Chile han reanimado las historias de muerte, angustia y destrucción que forman parte de nuestra identidad nacional en razón de que vivimos en un territorio emplazado justo sobre la zona de convergencia de dos de los 300 bloques que conforman la superficie terrestre.
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Nuestro planeta existe desde hace unos cinco mil millones de años, que es la edad aproximada de nuestra estrella madre, el Sol. A su vez, ésta es considerada como una adolescente en la familia sideral. Se trata de una magnitud inconmensurable para los humanos, cuya aparición en la Tierra data de hace menos de cinco millones de años atrás. Vale decir que somos unos recién llegados a la Tierra. Pero a su vez, todo el sistema solar es un recién llegado a la galaxia, la que a su vez es solo una de las miles que existen el espacio infinito.
Nos cuesta mucho asimilar estas dimensiones porque hemos sido educados en la creencia que somos el centro de todo y que el universo se organiza a partir de nosotros y de nuestro concepto de temporalidad. La verdad es que somos una brizna de muy poca relevancia en el cosmos, como una de esas ínfimas pelusas que observamos flotando en el aire alumbradas por un rayo de sol que se cuela a través de una ventana mientras comentamos los chascarros del día.
En temporalidad humana han transcurrido 50 años justos entre el terremoto del 60 y el de ahora, 2010. Pero en términos geológicos eso significarían sólo cinco minutos entre ambos cataclismos. Incluso puede interpretarse el terremoto de ahora como un ajuste pendiente del movimiento telúrico ocurrido hace medio siglo.
Parece difícil aceptar que en realidad no controlamos las macrodimensiones y que sobrevivimos en el espacio sólo por azar de la física universal. Pero así es. Aunque instalemos en ese vacío teorías y religiones a fin de dar sentido a la existencia. Y bien que así sea, de otro modo, sin un sentido, la vida se nos tornaría insoportable.
Pero la conciencia de ser pigmeos en el universo puede acarrear sabiduría. Puede inducirnos a confiar y a colaborar en todo lo que dice relación con la protección de la vida. La nuestra, la de los árboles y la de los animales. Puede situar nuestras diferencias ideológicas en su justa y pequeña dimensión. Y puede enseñarnos a descubrir que cada día y cada noche es un regalo del universo. En realidad, hasta el básico movimiento del organismo para ejercer el acto respiratorio es ya un milagro de organización y de coordinación electrodinámica de una altísima complejidad, sólo que pasa piola para nosotros, acostumbrados como estamos a considerar que el vivir es casi un trámite.
Así que la naturaleza no es nuestra enemiga, ni está en sus planes castigarnos. Sólo se comporta como el organismo vivo que es, igual que nosotros, reajustándose a los cambios internos y externos que hacen su derrotero. Somos nosotros los que no hemos aprendido a educarnos en su dinámica mayor. Incluso pensamos que la naturaleza existe para servirnos, que debemos sacar el máximo provecho de ella, aún lastimándola. ¿Ha escuchado la canción de la tierra? Bueno, acaba de cantar, con toda la fuerza y la belleza de su música infinita.
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(c) Clemente Riedemann
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