martes, junio 16, 2009

Bon voyage!

Clemente Riedemann
__________________________________________________________________ La misteriosa desaparición en vuelo sobre el Atlántico del avión Air Bus de Air France ocurrida hace dos semanas golpea fuerte en el alma y en el estómago. Hay quienes prefieren no saber nada del asunto porque la situación les pone frente al límite de la comprensión humana. Pero el trance ofrece la maravillosa oportunidad de meditar sobre la dimensión espiritual de la existencia.
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El terrible accidente del avión Air Bus perteneciente a la línea aérea Air France ocurrido sobre las aguas del Atlántico nos recuerda que la ciencia y la tecnología no son dioses. En buena hora. Algo hay más allá de nuestra actual capacidad de comprensión, que acaso roza nuestras vidas aparentemente controladas, que camina a nuestro lado, pero que en cualquier momento manifiesta su independencia absoluta y nos grita:” ¡Hey, aún falta mucho para saber cómo en realidad funciona el universo!”;
Pero en eso reside la gracia de vivir y de viajar. Ser capaz de afrontar el riesgo. Porque el riesgo es el mismo, sea que se coja un carretón, un colectivo, un bus, un tren, el metro, un barco o un avión. Están allí, junto a nosotros las fuerzas de lo desconocido que son las que saben verdaderamente si llegaremos o no a destino. O quizás nadie lo sabe y todo es una concatenación de azares repentinamente surgidos como opción de continuidad. ¡Vaya uno a saber! Por eso la Fe es tan importante para tantas personas, un bálsamo de quietud durante el viaje y un consuelo cuando éste se frustra, a veces de modo tan trágico como en este caso;
Si uno trata de ponerse en el pellejo de exploradores pioneros como Yuri Gagarin, Charles Lindberg, o Roberto Parraguez, quienes consiguieron sobrepasar las barreras del pánico y llegar a destino contra todo pronóstico, solos en la soledad inmensa del espacio y sin precursores de quienes tomar algún consejo, puede valorarse mejor la valentía del ser humano. Lo mismo si pensamos en Amelia Earhart o Antoine de Saint-Exupery, que se perdieron sin dejar rastros, tragados por la inmensidad de lo desconocido en su afán por abrir nuevas fronteras para los que venían después;
No pienso en quienes no sienten miedo, sino en aquellos que pueden controlarlo. Cuando uno se sube a un avión sabe que se está entregando a las fuerzas del destino. Pero en realidad, da lo mismo el tipo de transporte. En nuestra ingenuidad pensamos que aquellos medios más ligados a la superficie son en cierta medida más seguros. Pero es sólo una percepción físico-orgánica. En la realidad, dependemos igual de un conductor de colectivo –de quien no sabemos nada respecto de sus habilidades- o de un piloto de avión, de quien suponemos que conoce muy bien su trabajo;
Ya vemos que saberlo o no, no sirve de gran cosa. Air France y los aviones Air Bus no son precisamente emergentes en el servicio de transporte aéreo. Son marcas consolidadas y confiables, de las que nos dan mayor garantía de que llegaremos a destino. Y sin embargo ocurre lo que ocurrió y ello nos devuelve al comienzo: ¿Hay algo seguro realmente? Por supuesto que no, pero nos tranquiliza creer que si. De modo que la creencia, en su irrealidad, se torna necesaria para que el mundo funcione. Cada día de la especie humana en el planeta es, en resumidas cuentas, un grandioso gesto de confianza en los demás. Sin este mínimo existencial, difícilmente nos atreveríamos a salir de casa al comienzo del día;
En ello reside parte de la persistencia de lo humano en la Tierra. Vivir en la incertidumbre como si todo fuese seguro. Ser valiente cada día, cada instante y emprender lo que sea necesario emprender y dar gracias por haber podido hacerlo. Como nos lo enseñaron las religiones en nuestra infancia y lo escribió la aviadora Amelia Earhart: “Valor es el precio que la vida exige por otorgarnos paz”:
También contra todo pronóstico, el amor resulta en un mejor refugio que la ciencia. Esta da potencia, conocimiento, explicaciones. Pero no consuela. Y en este caso, terrible por cierto, la ciencia no lo hará. Sólo cabe rezar por esas almas que murieron sin saber por qué, lo cual es una enorme injusticia. Y por nosotros, para que esta desgracia no nos invalide. Para que nos enseñe a ser modestos frente a los logros tecnológicos y a los íconos de la solvencia, la comodidad y la elegancia en cualquiera de sus dimensiones. Y para poder seguir despidiendo a nuestros seres queridos con un confiado, alegre y emocionado “¡Bon voyage!”.

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(c) Clemente Riedemann, SURALIDAD (2009)

1 comentarios:

Antonieta Rodríguez París dijo...

Clemente,interesante e impactante la reflexión sobre los accidentes de aviación, a mi me duelen de manera muy personal,mi hermano aviador, falleció en un accidente en Segundo Corral,en la comuna cordillerana de Cochamó,siempre decía que uno igual puede encontar la muerte en una bicicleta,él estaba orgulloso de su profesión y sabía que podía morir en el avión pero con las botas puestas como lo hizo a los 28años.